Si usted reside en la capital o su área de influencia urbana y viaja esporádicamente o con alguna frecuencia al interior del país, probablemente se habrá percatado de que cada vez hay más cerros, laderas y planicies que se están quedando pelados, para usar una frase coloquial, porque la inescrupulosa explotación de los recursos naturales ha provocado una intensa deforestación que ya está causando serias consecuencias y que se incrementarán conforme aumente la tala indiscriminada en bosques y montañas.
Según documentos que he examinado, la deforestación camina de la mano con la desertización, es decir, la transformación de tierras fértiles y pobladas de vegetación, convertidas paulatina pero constantemente en terrenos desiertos, y que es considerada desde hace varias décadas un grave problema ambiental, económico y social para muchos países, especialmente del Tercer Mundo, incluyendo el oriente de Guatemala, sin que sean suficientes los débiles esfuerzos gubernamentales o de grupos ambientalistas para evitar la degradación de la tierra.
La desertización es denominada «desertificación» por los expertos, que la definen como el deterioro de los ecosistemas tanto por actividades humanas como por variaciones climáticas que ocurre en todos los continentes, excepto en la Antártica, y es de especial preocupación en las áreas áridas y semiáridas, siendo los principales factores la explotación de recursos naturales en forma insostenible, como consecuencia del aumento poblacional, determinadas políticas socioeconómicas y algunas formas de agricultura.
Según un despacho de la agencia IPS firmado por Megan Iacobini de Fazio, quien consultó a especialistas en la materia, se estima que mil millones de personas en más de cien países ya están afectadas por la desertificación, y que si el proceso no es detenido podría causar el trastorno del 44 % de todos los sistemas cultivados de la Tierra, porque cuando ocurre la degradación de los suelos tiene sus consecuencias de largo alcance que afectan varios aspectos de la vida humana.
Los estudios más recientes señalan que los suelos secos ocupan el 41.3 % de la superficie del planeta en donde viven dos mil 100 millones de personas, tratándose de los pobladores más pobres del mundo y con elevadas tasas de mortalidad infantil, con un promedio de 54 por cada mil nacimientos.
Impulsar acciones que protejan las zonas semiáridas será el objetivo de la década de las Naciones Unidas para los Desiertos y la Lucha contra la Desertificación, lanzada oficialmente el pasado lunes 16, que rige desde enero del año en curso hasta diciembre de 2020. La esperanza que se abriga es que las iniciativas de ese proyecto mundial contribuyan a revertir el proceso de desertificación, para evitar que se agudicen las crisis causadas por sequías en el futuro.
Aunque el proceso de desertificación se ha intensificado en el mundo, en algunas naciones se han puesto en práctica programas específicos que promueven la regeneración natural para ayudar a los agricultores a adaptarse al cambio climático y para mejorar la seguridad alimentaria, al introducir sistemas más complejos y productivos, con la integración de la agricultura, la ganadería y la silvicultura.
Programas tan benéficos como estos deberían realizarse en Guatemala.
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(Un ecologista que viaja en su vehículo en un camino rural le pregunta al campesino Romualdo Tishudo: -¿Hacia dónde va esa carretera? El jornalero replica: -A ninguna parte; siempre ha estado aquí).