Amalia Gieschen*
Esta conversación tiene lugar con motivo de la aparición en Perú (Editorial Zignos) del libro Síncopes, de Alan Mills, poeta guatemalteco. Mills es uno de los poetas más sorpresivos y audaces de la última década en América Latina y Síncopes resulta, sin duda, un texto fundacional para lo que serán los nuevos rumbos que el texto poético encamina en nuestro continente…
«Las líneas de ese otro libro que lees / te indican que no estás a salvo/ que no lo estarás nunca/ que nunca serás salvo», reza algún fragmento de sus Poemas sensibles. ¿Crees en alguna línea escrita dentro de la poesía latinoamericana que nos permita «sentirnos a salvo» y, al mismo tiempo, crees en la posibilidad de «ser salvo» en un mundo «posmo» ?lo cito? en donde lo fragmentario asoma en los discursos poéticos como una señal del derrumbamiento?
La verdad, me cuesta pensar en la poesía como un instrumento de «salvación». Me cuesta pensar, de hecho, en cualquier posibilidad de «ser salvo». Más bien me interesa el hecho poético como un ejercicio de riesgo, de poner la existencia frente a un cuestionamiento esencial. No creo que haya una sola línea en la poesía latinoamericana que nos permita sentirnos a salvo, ni siquiera creo que la haya en toda la poesía universal. Básicamente porque no es ése el cometido de la poesía, el arte no debería incluir la pretensión de constituirse en ese salvavidas que muchos quisieran que fuera. Y ahora, esa misma posibilidad de «ser salvo» en un mundo que, no sin cierta ligereza, podríamos llamar «posmo», aparece ya como un hecho todavía más improbable, puesto que dicha salvación implicaría la confianza contumaz en algún discurso totalizante, capaz de aliviar todas nuestras angustias, implicaría la confianza en algún relato inyector de certezas y de seguridad. Al mencionar lo «posmo» quiero ejercitar una crítica a una posible asunción acrítica de la posmodernidad, en tanto lógica cultural. Entre algunos de mis cercanos he podido notar que hay cierta tendencia a negar la existencia misma de esa lógica cultural, una especie de fuga hacia un pasado más pleno de certezas; no considero que eso sea beneficioso para examinar a fondo nuestra realidad. Hablas de derrumbamiento, y se me impone imaginar a los poetas jugando con los escombros, edificando escaleras extrañas.
Con la escritura de Síncopes, como autor, ¿te sientes «a salvo» o en peligro? ¿La pretensión al reclamar para sí un habla no es un reclamo de la adquisición de un lenguaje propio y particular? Recuerda que Hí¶lderlin denominaba al lenguaje como el más peligroso de los bienes…
Con Síncopes me siento en peligro, en peligro total, a punto de abolirme, de suprimirme. Quizás estoy arribando a un momento en que ya no soy «sujeto» de mi poesía, sino simplemente el «objeto» que un habla establece para reflejar sus posibilidades más radicales. No sé, entonces, si todavía puedo llamarme autor al trabajar con un habla que, en realidad, no puede «hablar» por mí. Maurizio Medo lo explicaba muy bien en un ensayo sobre Síncopes, al decir que yo aparecía «como soñado» por esta habla que utilizo o que, más bien, me usa. Así, yo no creo que reclame esa habla, un lenguaje propio, no puedo pensar el devenir de mi discurso en términos de propiedad, simplemente me gozo a través de la revelación de esa «habla» en mí. Suena místico pero no lo es. Y todo esto también quiere decir que intento plantearme una poesía que disfruto en tanto pone en crisis mis valores, mis afectos, la identidad posible y mi posibilidad de «ser» (¿estaré al borde de una poética masoquista?). Aunque, paradójicamente, esta misma poesía, termina extremando la existencia mía al sintonizarme con «un afuera» más claro en su oscuridad, más elocuente y participativo.
¿Puede un poeta sentirse «a salvo» mientras los críticos hablan de la enfermedad del lenguaje?¿ Cuándo enfermó el lenguaje, de qué enfermó y qué es lo que podría sanarlo?
Como dije, creo que el-la poeta hoy (y desde hace un buen tiempo) se encuentra en peligro, al borde, justo en las fronteras de un absurdo que no le es del todo incómodo. En esto quizás sus parientes cercanos serían los artistas conceptuales, farsantes (nótese que no lo digo a mal) y alfareros del vacío. Honestamente, no sé de qué enfermó el lenguaje y no sé si valga la pena sanarlo. Recientemente leí que un alto funcionario de la Real Academia Española reivindicaba el papel de las telenovelas en la «homogenización» del idioma castellano, remarcando la importancia de un habla monolítica y unitaria. Ahí es dónde yo veo asomos de algo realmente enfermo, en esa búsqueda de un «habla estándar», en esa especie de aspiración a la pureza y la totalidad. Pero hay otra forma de enfocar esto: en 1966, en su novela The soft machine, William Burroughs visualizó la manera en que una serie de primates sentían sus cuerpos agredidos por un virus que gradualmente generaba en ellos síntomas del comportamiento humano. La humanidad se habría desarrollado así, a partir de este mal que no sería otro que la enfermedad del lenguaje. El mismo ser humano controlado y manipulado a partir del lenguaje, como maquinita blanda. En consecuencia, creo que la poesía debería funcionar ya no como antídoto para dicho virus, sino como una anomalía genética que lo hiciera mutar en algo maravilloso, que nos convirtiera en algo así como enfermos esplendentes. Algo así.
¿ El existir como poeta no encierra la esperanza de verse identificado en otro(s)?
Claro, y me identifico con muchos que por ahorro de papel no mencionaré. Ellos saben quiénes son. También me gustaría recordar que yo mismo publiqué dos (más uno que se imprimió pero no circula) pequeños libros con los que ya no me identifico del todo, aun cuando considero haber sido fiel a una sensibilidad esencial: lo rescatable de esos ejercicios lo recopilo en un libro (todavía inédito) que titulé Testamentofuturo y que, vámonos por la paradoja, me gusta mucho tal y cómo quedó. Habría que desarrollar, entonces, qué significa eso de «identificarse». Pienso que disentir estéticamente no implica enredarse en trifulcas personales o en absolutizar el gusto de una manera sectaria (yo me disfruto tranquilamente un buen libro de sonetos). Aunque a veces quieran empujarnos con ferocidad hacia esos territorios pugilistas, creo que hay que resistir, hasta donde sea posible, la tentación. Obviamente, sin que eso implique no tener claro el rumbo o el proyecto poético que uno se ha trazado.
Algunos teóricos asumen la poesía como linajes. Hay aquel neobarroso, aquel otro antipoético, aquel coloquialista. ¿Cómo definirías tu poética y a las de que autores se emparentaría?
A mí la idea de linaje no me molesta tanto, talvez porque mi círculo familiar prácticamente no ha documentado su historia. Me considero el primer Mills de una dinastía que a lo mejor finalice conmigo. Es más, vivo en un país donde todo se organizó (con mayor crueldad durante los últimos 40 años) a manera de borrarnos cualquier traza histórica, cualquier documento, cualquier intento de narrativa de nuestro «yo». Sólo conozco a una abuela y no tengo siquiera fotos de los demás abuelos, por decir algo. Y vengo con toda esta digresión familiar para explicar que en realidad no me son del todo incómodas esas filiaciones que pretenden establecer linajes. En mí, llenan un vacío. Es como si así empezara la escritura de mi propia visibilización como aborigen del habla poética. Entonces, mi posible poética (con la que me aventuro a partir de Síncopes), querría definirla como un intento por imbricar sociolectos urbanos, cierta mitología milenaria y la iconografía del dolor o del placer enfermo de mi país en relación con algo que podríamos llamar la «tradición del desborde» latinoamericano, sujetando todo esto a una profunda puesta en crisis del hablante que termina diluyéndose en el absurdo (lingí¼ístico, existencial, moral) a través de una solución textual epifánica. Te hice una sopa de palabras, lo sé, pero lo cierto es que esto me hace emparentarme con cosas tan distantes como el Popol Vuh y Nicanor Parra, como Raúl Zurita y Miguel íngel Asturias, como Néstor Perlongher y Raúl Gómez Jattin, como el César Vallejo de Trilce y Anne Carson. Más bien hablaría, como hizo el poeta chileno Héctor Hernández Montecinos en algún momento del 2006, de las parcelas de contenido o de «dicción» que me vinculan a un autor. Así, me siento cercano a un Rafael Landívar «territorializador», a un Miguel íngel Asturias epifánico y neo-barroco (el que escribió Hombres de maíz y Leyendas de Guatemala), a un Luis de Lión esquizo (el de El tiempo principia en Xibalbá), al más diabólico Cardoza y Aragón, a un carnavalesco Maquieira, al Roque Dalton más dialectal e irónico, al humor de Madeline Gins. La lista es mucho más larga, por supuesto.
* Crítica y periodista argentina (esta es la primera de dos entrevistas sobre el libro Síncopes, el libro puede adquirirse en la librería Sophos a partir del lunes 10 de septiembre)