Ala rorro niño, ala rorro ro. Ala gran… No, no puede pensar de otra forma. Carga a su niño en sus pequeñas manos, manos de niña y lo mece desesperada sin poder acallar su llanto. Ella, llamémosle Sonia, es una estadística más que ubica a nuestro país como el tercero de mayor proporción de embarazos adolescentes en el Continente americano, luego de Nicaragua y Honduras.
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Sonia tiene 13 años y su bebé dos meses. Este niño es producto de una corta relación con otro adolescente que dejó la escuela para pertenecer a la mara que controla el territorio donde ambos viven.
Sonia dejó la escuela, ¿para qué seguir?, le dijo su mamá luego de que su prominente vientre le anunciara que sería abuela. Hasta hace tres meses Sonia laboró como trabajadora de casa particular, por supuesto sin prestaciones ni consideraciones. Poco antes del parto dejaron de requerir sus servicios y le dijeron adiós, pero, pecaría de ingrata si no dijera que la señora de la casa le regaló unas colchitas que encontró en los recuerdos de infancia de sus retoños.
El parto de Sonia como el de muchas mujeres, no digamos adolescentes, no sucedió en un hospital porque no le dio tiempo. Así que la buena mano de doña Flor ayudada por la no feliz abuela trajeron al mundo a este niño, que aún no tiene nombre, ni vacunas y como dice la misma Sonia ni esperanzas.
Lo mismo que Sonia piensan muchas adolescentes, y la palabra muchas es una cifra alta. En Guatemala una de cada dos mujeres menores de 20 años ya es madre o está embarazada, lo que en la mayoría de casos significa dejar los estudios e iniciar a laborar en el mercado informal, limitando así sus posibilidades de desarrollo.
Lamentablemente, pese a estas cifras y a que el primer semestre del año pasado 1,101 madres eran menores de 14 años y también a que el Ministerio de Educación tiene la obligación de impartir educación sexual, no lo hace. Ahora con todo el moralismo del caso se anuncia que el gobierno no dará anticonceptivos para adolescentes y mientras continúan diseñando un plan que reduzca estas cifras, un conjuro mágico quizá que cambie el comportamiento de las y los adolescentes, controle las hormonas y evite el incesto y las violaciones.
Mientras tanto, no sólo nuestros indicadores de población aumentan sino también los de pobreza, ignorancia, impunidad y muerte.
El llanto del bebé de Sonia ha cesado, ojalá así se quedara siempre, rumia la abuela, mientras empina el fondo de un octavo que su marido, el padrastro de Sonia, dejó sobre la mesa, pero esta es ya otra historia, o mejor dicho parte de esta, una historia triste, llena de violencia, abandono y abusos que seguramente ese bebé sin nombre aún, repetirá.