Don Félix Loarca Guzmán, columnista de «La Hora» escribió hace unos días un excelente artículo «Bolivia establece visa de ingreso a estadounidenses» que me ha motivado al siguiente comentario:
Ya sé que es como arar en el mar, pues ni uno ni el otro escucha pero, muchos si no la gran mayoría de nuestros connacionales sienten que esto de las visas para visitar el gran país del Norte ?que lo de «gran» sólo les queda por lo grande y ya no por lo grandioso, no por su gente que la mayoría es buena sino por sus politicastros que son iguales o peores? si esto es posible? que los nuestros: una birria, ya se convirtió en algo denigrante para ciertas nacionalidades: las nuestras, la de los países del tercer mundo.
No solamente por lo onerosas que son por lo que cobran por las solicitudes que si no se otorgan las visas, deberían devolver esas fuerte sumas de dinero, que si se quedan con el pisto de las mismas, es inmoral, un verdadero robo, sino por la humillación a que someten a los solicitantes a la hora de tratar de obtenerlas, a presentar un sinnúmero de papeles y documentos: partidas de nacimiento, pasaportes vigentes, estados de cuenta bancarios, cuando no certificaciones del Registro de la Propiedad, etc., etc., etc. y además, US$100.00 aparte de la kilométrica solicitud en la que uno confiesa hasta lo inconfesable y después de hacer una larga cola, se presenta ante una ventanilla en la que detrás de un vidrio blindado, está un funcionario imberbe ?posiblemente en vías de entrenamiento y sin ningún criterio debido a su edad y educación? que medio examina la resma de papeles y según le dé la gana y su propio criterio y humor ?o falta de los mismos? emite su juicio y dictamen: «Usted califica» o «Usted no califica» y dice:… «Siguiente…», sin dar ninguna explicación ni permitir al solicitante hacer ninguna pregunta, ni solicitar explicación a la negativa a su solicitud ni cómo puede el mismo corregir su situación para eventualmente obtener el dichoso visado… si aún le quedan ganas o tiene la ingente necesidad de someterse a una nueva «entrevista» y desperdiciar otros cien dolaritos o casi ochocientos devaluados, pero costosos quetzalitos.
Las entrevistas que hacían antes los cónsules y vicecónsules del «imperio» consistían en citar al solicitante ?quien ya sabía de antemano cuáles eran los requisitos lógicos y ya iba uno preparado, como en el caso de quienes viajaban en vías de puro turismo, el pasaje de ida y vuelta y suficiente dinero para el periplo; para quienes solicitaban visa de estudios, una carta de admisión al colegio o universidad, el pasaje podía ser solamente de ida y una carta del banco en que exponían que los padres podían sostenerle y sufragar los gastos de la educación y quienes solicitaban visa de residente, cosa semejante aparte de una carta de algún pariente o amigo que se comprometía a que la persona no constituiría ninguna carta para el Estado. Se sentaba uno frente al escritorio del citado funcionario, quien con la mayor cortesía del caso ?aunque la persona fuera y pareciera humilde? le atendía de manera cordial y si algo hacía falta le explicaba para que subsanara la omisión y a menos que el entrevistado fuera y tuviera planta de delincuente, se le otorgaba la visa y no como ahora que más pareciera que está uno en la taquilla de un cine o comprando una hamburguesa o una pizza.
Pues hemos oído y leído que el presidente Evo Morales de Bolivia se ha puesto los moños y ahora se exige a los estadounidenses que desean visitar Bolivia, que obtengan visa para hacerlo. Me imagino que no les pedirán tanta cosa, pues entonces nadie querría hacer el viaje, que ha de ser costoso como lo es a todos los países de Sudamérica, que a veces es más costoso que ir a Europa por lo lejos y porque no va tanta gente como al Viejo Continente, pero sí es una manera de tratar con reciprocidad a los ciudadanos del Coloso del Norte, pues si a los bolivianos les exigen visa para visitar los Estados Unidos, éstos están en todo su derecho de exigirles a los estadounidenses que obtengan visa para visitar Bolivia, que también ha de tener cosas digna de ver en su territorio y de oportunidades para hacer negocios, etcétera.
Podrían los diplomáticos y funcionarios consulares norteamericanos hacer un esfuerzo en no parecer «el americano feo» de la película, pues podría ser que algún día no lejano, tengan necesidad de tener amigos y no solamente «intereses» y podrían nuestras propias autoridades comenzar a tener un poco más de vergí¼enza y dignidad para aguantar ese trato que se les da a sus conciudadanos.
Es simplemente cuestión de dignidad, por si conocen el significado de la palabra, señor presidente Berger y señor Embajador de los Estados Unidos de América. Hay que ser dignos y copiar en lo bueno al Presidente socialista o comunista de nuestro hermano país del Sur.