Al margen de la ley


En Guatemala mantenemos una relación conflictiva con la ley. Algunas personas expresan su preocupación por la falta de cumplimiento de las normas y por los efectos negativos que eso puede ocasionar. Uno de los dramas que vivimos cotidianamente son las muertes provocadas por la desobediencia de la ley de tránsito. Por otra parte, cultivamos una cultura que la transgresión desde los actos mí­nimos de convivencia y que para cierta gente es motivo de orgullo.

Marco Vinicio Mejí­a

Este fenómeno también se manifiesta en el desmedido comercio de mercaderí­as falsificadas, como ocurre con la venta callejera de pelí­culas, música, ropa, calzado, celulares y repuestos de automóviles robados. Esta clase de negocios prolifera por la tolerancia o ineficiencia de las autoridades, pero también por la demanda generalizada del público, que lejos de encontrarlo ilí­cito, lo acepta.

El problema de toda desobediencia del Derecho, independientemente de su magnitud, es que tiene un efecto multiplicador, pues siempre es invocada por los demás como una manera de justificar su propia desobediencia. No es raro escuchar de labios de un evasor de impuestos, que él o ella no tributan porque el resto tampoco lo hace, o bien porque el Estado no proporciona a cambio buenos servicios.

En una sociedad como la nuestra, en donde la gente, por lo general, está en desacuerdo acerca de cuáles son los valores correctos o sobre el mejor modo de interpretarlos, el Derecho es el único medio con que contamos para organizar nuestra vida en común. De ahí­ que la desobediencia no debe verse como un desafí­o a las autoridades, sino concebirla como un atentado contra nuestra posibilidad de constituirnos como comunidad.

Sobre este tema podemos establecer un paralelismo con lo que ocurre en Argentina. Carlos Nino, autor del clásico libro «Un paí­s al margen de la ley», analiza el problema de la anomia en ese paí­s. Sus reflexiones son aplicables a nuestro caso.

Nino sostiene «que los problemas que todaví­a hoy genera la anomia en nuestro paí­s no se solucionan del modo en que lo sugieren habitualmente liberales y conservadores, es decir, con la ’mano invisible’ o con la ’mano dura’. Algunos liberales consideran que nuestra dificultad con las normas se genera por su abundancia: el problema es que hay demasiadas regulaciones, y el remedio es suprimirlas. Esta visión desconoce que muchas violaciones de derechos (sobre todo, la violación de los derechos de los más débiles) se producen por la ausencia (y no por el exceso) de regulaciones».

Por otra parte, «los problemas de anomia no se solucionan tampoco con la presencia de una autoridad férrea, que castigue hasta la mí­nima infracción (como en la ’mano dura’) o que imponga un rumbo firme frente a nuestras indisciplinas y oscilaciones (como ocurre en todo régimen presidencialista). En ocasiones, es la propia ley ?o su ausencia? la que genera injusticias constitucionales y, por lo tanto, resulta moral y jurí­dicamente exigible desafiar la ley antes que someterse a ella».