Ahora tenemos un presidente flipón


Oscar-Clemente-Marroquin

En Guatemala le seguimos diciendo flipones a los interruptores de circuito que se disparan en caso de sobrecarga o cortocircuito y por analogía se ha dicho que los gobernantes tienen que tener funcionarios que funcionen como tales, es decir que sean como fusibles para evitar que los más graves problemas le estallen en la cara a la máxima autoridad. En ese sentido siempre se ha dicho que ministros y secretarios tienen que dar la cara cuando hay dificultades para proteger al mandatario que resulta irreemplazable.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Sin embargo, en este gobierno las cosas se han trastocado porque los funcionarios menores nunca dan la cara y quien se encarga de lidiar con problemas de todo tipo, grandes o pequeños, es el Presidente de la República, quien de esa manera funciona al final como el único flipón del régimen y por lo tanto carga con todo el desgaste al asumir la función de apagafuegos que tiene que estar en todo y que es, en última instancia, el único responsable de lo que pasa.
 
 Así vimos al presidente Pérez Molina dando la cara y sacando el pecho para ser él personalmente quien asumió toda la responsabilidad de negocios como el de Puerto Quetzal. Ni siquiera dejó que los funcionarios a los que él nombró precisamente para que hicieran el negocio fueran los que públicamente defendieran y justificaran la operación, sino que todo el peso de un negocio de ese calibre y consecuencias tuviera que ser explicado, defendido y justificado por el mismo mandatario.
 
 En el caso de los pasaportes y la debacle de Migración no permitió que fuera el Ministro de Gobernación quien tomara la decisión de sancionar al interventor que no cumplía con su deber y que había causado serios problemas a millares de ciudadanos que dentro y fuera del país necesitan ese documento. Lo mismo pasa con el tema de la seguridad y con prácticamente cualquier asunto relacionado con la gestión del Poder Ejecutivo, porque vivimos momentos en los que el gobernante funciona como un permanente vocero del gobierno que tiene que dar respuesta a todo y que, al hacerlo, asume responsabilidades que debieran corresponder a sus colaboradores.
 
 Lo que tiene que entender el mandatario es que eso lo está exponiendo a un acelerado desgaste político en temas que no tienen vuelta de hoja porque no comparte absolutamente con nadie el peso de la gestión pública y por naturaleza la opinión pública es más dada a recordar los errores que los aciertos, que al acumularse, generan un daño que no se puede reparar fácilmente. Ignoro si es cuestión de personalidad del general Pérez Molina porque le gusta estar en todo o simplemente si es efecto de la mediocridad de su equipo lo que le hace ser él quien tiene que cargar con todo el lastre, pero el caso es que se nota que así como ocurre la fatiga del metal cuando se expone a tensiones abundantes, lo mismo le pasa a los políticos cuando acumulan el peso de errores y de situaciones que no se pueden explicar satisfactoriamente.
 
 Aún en el caso de que en cuestiones como las del Puerto Quetzal se trate de intereses directos del mandatario, tendría que dejar que sean los funcionarios menores quienes asuman su responsabilidad. En ese caso concreto, para ello y sólo para ello se nombró a un interventor experto en negociar contratos con el Estado, puesto que si el interés hubiera sido realizar una correcta gestión portuaria hay expertos y personas que conocen esa materia desde el punto de vista técnico. Se buscó a un abogado que supiera como enajenar los bienes del Estado con toda la intención del caso y resulta inexplicable que, a la hora decisiva, fuera el Presidente quien terminara cargando con un guitarrón que difícilmente se quitará de encima.