El creciente control que ejerce sobre Venezuela Hugo Chávez es motivo de enorme preocupación en muchos lugares, incluyendo Guatemala. Pero evidentemente no todo el mundo entiende cómo es que se ha dado ese fenómeno político porque de hacerlo seguramente que muchos pensarían dos veces antes de proponer una idea como la de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente que, según ellos, pueda ser poder soberano y fundante.
ocmarroq@lahora.com.gt
Cuando los constituyentes en 1985 establecieron un procedimiento específico para las reformas constitucionales, trataron de atajar la posibilidad de que tras el triunfo electoral de algún líder mesiánico, se pudiera convocar a una Asamblea que diseñara un Estado al gusto y medida del caudillo. En Venezuela es indiscutible que Chávez es producto de la voluntad popular, pero hay que advertir que se aprovechó del embeleso que es capaz de provocar en la gente para convocar a una Constituyente que no sólo le facilitó las reelecciones sino que diseñó una estructura de Estado tal y como la pretendía el gobernante, quien en serio se propuso y logró «refundar la República», creando la República Bolivariana de Venezuela sobre las cenizas del anterior Estado.
Ningún país está libre de elegir a un Chávez o de elegir a un Fujimori, como le ocurrió a Perú. Es más, dado el creciente desprestigio de los políticos tradicionales, basta con enarbolar la bandera del combate a esa clase de políticos para ganar adeptos en multitudes y allanar el camino al poder sin más propuesta que la de desbancar a los que comparten viejas mañas y prácticas corruptas. Y una vez en el poder, un gobernante electo sobre esa base tiene la mesa servida para convocar a una Constituyente (lo hicieron Chávez y Fujimori) que apruebe una Constitución a la medida de sus gustos y necesidades. En Guatemala lo hizo Barrios y fue cuando don Lorenzo Montúfar, con todo y su devoción por Justo Rufino, dijo que estaban tratando de construir una jaula de hilos de seda para contener al león africano.
Precisamente por esa realidad es que nuestra Constitución tiene candados importantes que regulan la forma en que puede ser reformada y no se contempla la tesis del borrón y cuenta nueva. La tesis del poder constituyente como soberano y fundante es válida cuando surge un Estado o cuando la Constituyente es electa tras un golpe que dejó al Estado sin Constitución. Pero cuando hay Constitución y ésta fija el procedimiento específico para su reforma, no puede nadie saltarse las trancas sin romper cabalmente el orden constitucional.
Supongamos que ganara en el país un político religioso (tipo Ríos Montt o Serrano) y que usando su poder convocara a una Constituyente en la que pretenda establecer normas para fundar un estado teocrático. Se trata de una idea extrema, posiblemente, pero tan posible en el marco de lo que proponen los que creen en la Constituyente con plenos poderes como una idea que atente contra la propiedad privada, contra el voto de los analfabetos o la igualdad de género. Una Constituyente como esa podría terminar con el precepto de que el Estado protege la vida desde el momento de la concepción o de la libre expresión, si eso interesa y conviene al poder de turno.
Los constituyentes en 1985 tuvieron la previsión de poner candados para evitar que políticos aventureros quieran jugar con fuego con ideas peregrinas como la del poder constituyente soberano y fundante. Repito que para ello hay que derogar de un manotazo la Constitución porque mientras esté vigente, no hay posibilidad de una Asamblea con plenos e ilimitados poderes.