Ahora el Arzobispo


Muchos critican constantemente a la jerarquí­a eclesiástica acusándola de entrometerse en la polí­tica y cuestionan todos los planteamientos que hacen los obispos sobre los temas terrenales, como si los prelados debieran despreocuparse de las necesidades de los fieles y, sobre todo, del necesario respeto a la dignidad del ser humano. Pero hemos visto en los últimos dí­as cómo la voz ponderada y sensata de los miembros de la Conferencia Episcopal constituye en las actuales circunstancias una reflexión oportuna para evitar que la crisis polí­tica nacional nos lleve a senderos peligrosos y, lo peor, nos aparte de las cuestiones fundamentales.


Ayer el Arzobispo de Guatemala, el Cardenal Quezada Toruño, habló a los fieles en Catedral reflexionando sobre los temas de la coyuntura polí­tica y lo hizo de una forma tal que nos recordó que nuestra patria tiene problemas estructurales serios que demandan atención de los ciudadanos para trabajar tesoneramente en su solución. Y es que ya desde su primera visita a Guatemala, el Papa Juan Pablo II nos advirtió que no podrí­a haber verdadera paz sin justicia y que era imperativo que como colectivo, los católicos guatemaltecos trabajáramos en la construcción de la justicia entendida en el más amplio sentido del término.

Obviamente el clamor del pueblo tiene que ser consistente y permanente en el esfuerzo porque prevalezca en realidad un régimen que nos asegure la igualdad a todos los ciudadanos ante la ley y, en consecuencia, que ponga fin a la impunidad pero que también se ocupe de los menos favorecidos para promover su dignidad. Lo que nos pasa a los guatemaltecos es que somos llamarada de tusa y tenemos poca capacidad para mantener presión y prolongar las exigencias. Cuando se produce un hecho que convulsiona a la opinión pública, somos hasta capaces de salir a la calle para protestar y exigir, pero se hace de manera efí­mera y al poco tiempo nos absorbe la rutina y volvemos a nuestra cotidianeidad, olvidando que el civismo demanda compromiso diario para hacer y construir Patria.

No podemos culpar únicamente a los polí­ticos del descalabro que tenemos en el paí­s, porque también nosotros tenemos nuestra cuota de responsabilidad por acción o por omisión, pero somos partí­cipes de esa descomposición que ahora nos agobia y atormenta. Y en medio de las estridencias que se escuchan en situaciones de crisis, es alentador oí­r el llamado a la serenidad y a la profundidad que hace el Cardenal, porque nos recuerda que el problema nacional es muy profundo y que tiene dimensión estructural, lo que nos debiera obligar a poner empeño constante en unirnos para construir la nueva Guatemala.