Sostengo que ni siquiera el presidente Óscar Berger acaparó tantas simpatías de los medios de comunicación, sobre todo durante sus primeros meses de gestión, como el respaldo mediático que desde la campaña electoral se le brindó al actual mandatario.
Editorialistas, periodistas de opinión y otras personas devenidas en columnistas, en su mayoría de orientación conservadora, se volcaron en elogios al presidente Pérez Molina, en contraposición a las ácidas y permanentes críticas y censuras a su predecesor; pero como ha sucedido cada cuatro años, sus promesas electorales fundamentales se fueron diluyendo o posponiendo, básicamente en lo que atañe al combate a la corrupción, al clientelismo político, al favoritismo hacia sus financistas y a la opacidad en las decisiones de Gobierno.
Ese incumplimiento ha provocado la decepción de sus anónimos seguidores que votaron por él y se fue desfalleciendo el ferviente apoyo de los medios impresos con más premura de lo que se previó, agotándose lentamente el llamado beneficio de la duda, como se puede percibir en los principales ejes editoriales de esos diarios.
Sin embargo, varios editorialistas y columnistas han persistido en sus intentos de contribuir a que este Gobierno no naufrague en sus iniciales propósitos, puesto que no se han convertido en opositores sistemáticos del Presidente, como ocurría con la administración de su antecesor, sino que han discrepado de decisiones incorrectas y amablemente le han sugerido que rectifique para evitar tempraneras erosiones de su gestión.
Abundan los comentarios de prensa con críticas benévolas, pero pareciera que el mandatario se niega a recibir ese voluntario apoyo o responde con exabruptos propios de gobernantes a los que el poder les ha nublado la vista, los oídos y el entendimiento, posiblemente soterrados por consejos de lerdos asesores oportunistas.
Pero el miércoles pasado el áspero editorial de Prensa Libre, al abordar las renuncias explícita y tácita del Superintendente de Bancos y de la Intendente de Verificación Tributaria, rodeadas de recelos y suspicacias, da la sensación que terminó su luna de miel con el gobernante; mientras días después todos los diarios publicaron crudas informaciones sobre el secreto que rodeó el usufructo durante 25 años a una firma española de un área en la Empresa Portuaria Quetzal, para construir una terminal de contenedores, a cambio del pago de un millón de dólares anuales (¡!), atisbándose un vergonzoso negocio que apesta a corrupción y que se suma a la poca transparencia de los actos de este régimen.
Más contundentes aún son los juicios editoriales de La Hora y de la columna de Óscar Clemente Marroquín.
Quizá la manifiesta oposición mediática a ese deshonroso contrato pueda hacer recapacitar a Pérez Molina. De lo contrario, le esperan tiempos de mucha adversidad generalizada que se reflejará en las páginas de los periódicos.
(El columnista Romualdo Tishudo le dice a un vecino suyo: –Te voy a contar un chiste sobre funcionarios públicos –Acordáte que soy asistente de un asesor presidencial, replica. Mi amigo repone: –´Ta bien, te lo contaré despacito).