El titular de primera plana de La Hora del pasado jueves me dejó abatido, perplejo, indignado, conmovido y sin encontrar respuestas a preguntas sobre las que reflexionaba. Ni siquiera valía la pena pensar en la manida frase: Los guatemaltecos ya no tenemos capacidad de asombro.
 ¿Cómo es posible -cavilaba- que un niño de 13 años de edad pueda portar consigo un arma de fuego y disparar contra una señora para darle muerte cuando acompañaba a sus hijos hacia la escuela? ¿Qué adulto puede ser capaz de proporcionarle una escuadra o pistola a un chico que apenas está entrando a la adolescencia y pagarle para matar a una indefensa madre de familia?
 A pesar de que cotidianamente nos enteramos de asesinatos y homicidios que se cometen a plena luz del día, a la vista de indeterminado número de personas, como si ya estuviéramos acostumbrados a que 15, 19 o 25 guatemaltecos, de todas las edades y de uno y otro sexo sean víctimas fatales diariamente, duele profundamente en el alma el crimen que se imputa al patojo de 13 años, porque es una muestra de la grave descomposición social a la que hemos llegado.
 Me pregunto también ¿cuándo va a terminar esta vorágine de sangre que ha enlutado a miles de hogares de esta patria sojuzgada? ¿Qué debemos hacer los ciudadanos de a pie para contribuir a evitar que persista esa ola gigantesca de violencia criminal? ¿Acaso no fueron suficientes 36 años de guerra interna, con más de 200 mil compatriotas muertos y la desaparición forzosa de otros miles de guatemaltecos?
  ¿Echarle la culpa al Gobierno? ¿Para qué? ¿Sólo para que el presidente Colom cambie al ministro de Gobernación y que el nuevo funcionario venga a intentar aplicar planes improvisados? Como escribió í“scar Clemente, el Gobierno tiene su cuota de responsabilidad, pero el compromiso también lo deberíamos asumir los ciudadanos como colectivo social incapaz de reaccionar para forzar un cambio alentador de actitud de gobernantes y gobernados a fin de privilegiar la vida y el estado de derecho.
 La abogada Gladys Monterroso, la misma activista de los derechos humanos que hace meses fue secuestrada y agredida violentamente por un grupo de cobardes, ante la muerte de su hermano Juan Francisco Monterroso Velásquez, un honrado arquitecto que fue asesinado cuando se transportaba en un autobús del servicio de pasajeros, se pregunta angustiada «Â¿Hacia dónde va Guatemala?», y la respuesta del director general de La Hora fue inmediata: «Hacia donde la dejemos ir». Así es. Mientras permanezcamos indiferentes, ajenos a la tragedia de guatemaltecos que no conocemos personalmente y hasta insensibles de la aflicción de amigos, compañeros, vecinos y conocidos, la criminalidad continuará en ascenso, y sólo nos limitaremos a lamentarnos y maldecir al Gobierno.
Por su parte, un grupo de periodistas y otros intelectuales que suscribieron un manifiesto por el atentado contra Luis Felipe Valenzuela, insta a la sociedad guatemalteca a propiciar una agenda nacional que identifique las prioridades sociales del momento, para que, mediante el debate y el diálogo, se logren consensos en búsqueda de la unidad que persiga la construcción de un verdadero estado de derecho.
 Finalmente, la ocasión es propicia para presentar mi pésame a la licenciada Monterroso y para augurar el pronto restablecimiento de Luis Felipe.
 (El maratonista Romualdo Tishudo cita este adagio: -Si un día te sientes inútil y deprimido, acuérdate que hubo un día que fuiste el espermatozoide más rápido del grupo).