«Proponemos el principio de alternabilidad para viabilizar la democracia guatemalteca».
Comienzo a escribir estas letras en el preciso momento en que todos los países del mundo -con vocación democrática y pacífica- cercan y sitian a los golpistas centroamericanos, hombres violentos que en nombre «de la libertad y del estado de derecho», en pleno siglo XXI, replican las asonadas y los cuartelazos de la época más amarga del siglo XX.
El militarismo es la nueva amenaza en contra de la democracia, los derechos humanos, la justicia universal y la lucha permanente e innegociable del derecho de las mujeres a participar plenamente en la construcción de un Estado incluyente, pacífico, verdaderamente democrático, intercultural y multiétnico. La democracia es el gobierno ideal de las mujeres y de los hombres, en igualdad de condiciones, en igualdad ante la ley, aunque hemos de reconocer que somos iguales, pero también somos diferentes.
Los hombres poderosos nos hablan de la libertad, pero desde el punto de vista de la libertad del hombre dominador y prepotente, esa libertad, en palabras escritas por uno de sus mismos teóricos e ideólogos capitalistas, es la libertad de empresa, no la libertad humana, que durante siglos y milenios se le ha negado sistemáticamente a las mujeres, especialmente indígenas.
Esa libertad que pregonan, les niega el derecho de participación a las mujeres, a la juventud, al pueblo maya, a la clase trabajadora, a las masas eternamente desposeídas y constantemente despreciadas por el color moreno de su piel.
Hoy, que construimos agendas políticas incluyentes, proponemos el principio de alternabilidad (una mujer, un hombre, una mujer maya, una mujer ladina, un hombre maya, un hombre ladino) para viabilizar la democracia guatemalteca; nos enfrentamos al núcleo durísimo del poder masculino. Este es el espíritu del artículo 212 de la reforma de la Ley Electoral y de Partidos Políticos que la Comisión de la Mujer del Congreso y las organizaciones de mujeres estamos proponiendo. Lucharemos porque esta reforma sea el verdadero devenir de la democracia de una sociedad civilizada y desarrollada.
También estamos proponiendo un nuevo artículo a la Ley del Presupuesto para el ejercicio fiscal 2010, a fin de etiquetar el presupuesto con sensibilidad de género y étnica, de esta manera el Estado estaría encaminando políticas y programas que fomenten la equidad, el bienestar y desarrollo de las mujeres y de los Pueblos Indígenas.
No es tarea fácil romper viejos esquemas en las relaciones de poder liderado por los hombres, entonces construir es tarea formidable, que requiere renunciar a la comodidad, a la ambición propia, al egoísmo adyacente de la clase política, a las mieles del poder; construir una agenda parece fácil y es fácil escribirlo, pero significa invertir el mayor tesoro que tiene a su disposición todo ser humano para el cambio civilizatorio.
Construir una agenda política incluyente es todavía más comprometedor, es hacer valer nuestros derechos, es el reconocimiento y respeto a nuestra ciudadanía, es el equilibrio y el compartir el poder, es la real democracia y es justicia. Por otra parte, es derrotar la servidumbre, la esclavitud, la discriminación, el racismo, la exclusión, la violencia y el sometimiento de quienes hemos sido excluidos y excluidas.
*Diputada Congreso de la República