Adiós, maestro


El maestro Roberto González Goyri siempre desbordó calidad. Lo que pasa es que casi nunca nos hemos dado cuenta, porque su arte siempre ha sido parte del inconsciente colectivo de los guatemaltecos. Si nos quitaran el Tecún Umán del bulevar Liberación, o sus murales del Centro Cí­vico, es como si de repente se hundiera el Volcán de Agua: algo nos faltarí­a en nuestra vista.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Su calidad no ha sido discutida nunca; ni aquí­ en Guatemala, ni en los cí­rculos artí­sticos latinoamericanos, donde también trascendió. Lo que casi nadie conoce es la gran sensibilidad y cordialidad del maestro; además, su enorme vitalidad.

Su casa era un verdadero museo; sus autorretratos, sus esculturas de pájaros, sus motivos de la cultura precolombina, y ese asombroso efecto difuso que lograba darle a sus pinturas, que hací­a que lo viéramos como si estuviéramos en un sueño (efecto que muchos pintores jóvenes quisieran imitar, pero no saben cómo), logran encerrar en un aura de grandeza el lugar donde habitaba.

Sin embargo, no por ello el maestro González Goyri se subió en un altar de falso orgullo. Al contrario, su humanidad y su respeto por las personas hací­a que tratara a las personas con tanta cordialidad, que cualquiera se preguntaba en qué parte de su cuerpo lograba guardar tanta grandeza.

Para llegar a su estudio, habí­a que subir unas gradas, en cuyas paredes se encontraban colgados decenas de bocetos de ideas que estaban pendientes de concretar; porque, eso sí­, el maestro nunca se dio por vencido, nunca dejó de crear. Incluso, una dí­a antes de su muerte, seguí­a pintando. Al tomar sus instrumentos artí­sticos, su mano se tornaba firme y sus trazos seguros; no parecí­a ese hombre que caminaba y escuchaba con dificultad.

Casi siempre, se encontraba el maestro en su estudio; pero si usted llegaba a visitarlo, de ninguna forma se molestaba por la interrupción. Muy amablemente, dejaba su bata de trabajo, y con mucha cordialidad lo atendí­a. Incluso, llegaba a comentarle sobre sus proyectos futuros.

Dejó para nosotros un enorme legado, no sólo artí­stico sino que también ideológico. Sus obras de arte no sólo son el culto a la estética y a la belleza. Detrás de ellas, se escondí­an profundas reflexiones sobre cómo debí­a ser la sociedad guatemalteca.

Luego vendrán las interpretaciones de los expertos en las artes plásticas; probablemente alguien dirá que González Goyri reflejó en sus obras que la sociedad guatemalteca debí­a ser intercultural, de respeto; sin explotación; justa. Otros dirán que el maestro quiso sintetizar en cada uno de sus obras no sólo la historia guatemalteca, sino latinoamericana en general.

Otros encontrarán contenidos polí­ticos, y otros darán énfasis a su técnica o su estética. Como sea, el verdadero valor de González Goyri aún está por descubrirse.

Aún nos tiene preparada una sorpresa: ese mural del IGSS de la zona 1, que correrá por la sexta avenida de la Sede Central. En él, nos dirá cuál es su concepto de seguridad social, que no se limita únicamente a tener un lugar dónde ir a caer si nos accidentamos, sino que su concepto es mucho más amplio, que roza la felicidad de la sociedad; por ahí­, se asomarán las ideas de Arévalo Bermejo, y González Goyri será más comprendido en nuestro paí­s.

LA MUERTE

Uno de los narradores de «Tres tristes tigres» de Guillermo Cabrera Infante, se lamenta por la muerte de Bustrófedon, una especie de genio del lenguaje. Su pesar podrí­a extenderse, de igual forma, para describir la tristeza de cualquier genio; por eso, lo transcribo aquí­, para referirme a González Goyri:

«Cuando terminé de oí­r a Silverstre, sin hablar, antes de colgar, colgando el negro, ya de luto, espantoso teléfono, me dije a mí­ mismo, Carajo todo el mundo se muerte, queriendo decir que los felices y los amargados y los ingeniosos y los retardados mentales y los cerrados y los abiertos y los alegres y los tristes y los feos y los bellos y los lampiños y los barbudos y los altos y los bajos y los siniestros y los claros y los fuertes y los débiles y los poderosos y los infelices, ah y los calvos: todo el mundo y también la gente que como Bustrófedon puede hacer de dos palabras y cuatro letras un himno y un chiste y una canción, esos, también se mueren y me dije, Coño. Nada más.»