Adiós a Óscar Niemeyer, el poeta de la arquitectura


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Tras tener una larga vida llena de aportes a su gente y a su profesión, después de idear y materializar monumentales construcciones que le cambiaron la ‘cara’ a su país, la noticia de la muerte de Óscar Niemeyer no puede ser del todo triste. “Brasil ha perdido a uno de sus genios. Hoy es día de llorar su muerte. Es día de celebrar su vida”, proclamó la presidenta, Dilma Rousseff en el homenaje que se le rindió a su compatriota.

POR VIVIAN MURCIA GONZÁLEZ

Óscar Niemeyer vivió con plenitud tanto por la cantidad como por la calidad de sus años. El arquitecto, el último de los grandes del siglo XX, murió a los nueve días de haber llegado a los 105 años de edad.

Sus compatriotas lo despidieron como lo que era: un hombre de Estado, quien puso a su país en el mapa de la élite arquitectónica mundial. Un avión gubernamental trasladó sus restos embalsamados a Brasilia para rendirle un último homenaje en el palacio presidencial de Planalto, una de sus obras maestras en la capital de Brasil.

Niemeyer es el tercer brasileño que recibe ese tratamiento tras el presidente Tancredo Neves (1985) y el vicepresidente José Alencar (2011). En su honor, se decretaron siete días de luto oficial en todo el país.

Su despedida fue tan suntuosa como su trabajo en vida. Su importancia recae en ser el último superviviente de los grandes maestros del siglo XX. Perteneció a un selecto club integrado por nombres como Le Corbusier, Mies van der Rohe o Frank Lloyd Wright.

LAS DOS LÍNEAS DE NIEMEYER

Había dos Niemeyer. Uno era el profundo admirador de las curvas de las brasileñas. Hallaba inspiración en la silueta de las mujeres. Muchas de sus obras se destacan por esa curvatura solemne que lo diferencian de los demás arquitectos. Entre tanta imponencia y buen gusto se sabe que había una musa… por eso, su trabajo bien podría ser descrito como poesía en ladrillo.

El otro Niemeyer era el comunista utópico. En su caso no se trataba solo de una adhesión partidista, sino de un concepto general sobre el papel que tiene que ejercer la arquitectura y el urbanismo en la configuración de las nuevas ciudades.

El lema de la arquitectura era que la forma está subordinada a la función. La preocupación fundamental tenía que ser la funcionalidad, y la belleza quedaba en un segundo plano.

A través de la belleza de la pomposa Brasilia, que Niemeyer tuvo la tarea de ayudar a construir, brilló el pensador multidisciplinar, el comunista utópico. Niemeyer no desaprovechaba la oportunidad de expresar su preocupación por la desigualdad y las injusticias en el planeta.

Su historia creativa tuvo un punto de inflexión en 1947 cuando fue convocado para formar parte del equipo de arquitectos que diseñarían la sede de Naciones Unidas en Nueva York, entre los que figuraba también Le Corbusier. El comité responsable escogió el proyecto propuesto por Niemeyer que acabó accediendo, sin embargo, a introducir en él elementos del descartado proyecto del suizo.

En 1956, el arquitecto tiene otro momento idóneo. Ese año Juscelino Kubitschek llegó a la presidencia de Brasil. Habiendo conocido el trabajo de Óscar Niemeyer, el entonces nuevo Presidente, le nombró arquitecto jefe para el proyecto de construcción de Brasilia, la nueva capital del país, cuya planificación urbana había sido diseñada por el también famoso arquitecto brasileño Lúcio Costa (1902-1998).

En Brasilia se encuentran varios de los edificios fundamentales de la trayectoria de Niemeyer, como el Complejo del Congreso Nacional, la Corte Suprema Federal (1958-60), el Palacio de Planalto (1958) o la Catedral Metropolitana (1959-70), con los que quería reaccionar contra “el purismo, la obsesiva preocupación por la pureza arquitectónica y la estructura lógica, conceptos como la “máquina de habitar”, “menos es más”, el funcionalismo…”, como lo manifestara en su autobiografía ‘Las curvas del tiempo’ (2000).

Tras el golpe militar en Brasil en la década de los sesenta, su figura fue objeto de desprestigio; esto le llevó a trasladarse a Europa. Allí realizó la sede del Partido Comunista Francés (París), la sede de Mondadori (Milán), el edificio de Oficinas FATA (Turín), el Centro Cultural de La Haya o la Universidad de Argelia, proyectos en los que siguió dando expresión a la libertad plástica de su arquitectura.

“Traté de crear mi arquitectura con coraje e idealismo y la voluntad de hacer del mundo un lugar más justo en el que vivir”, manifestó en a lo largo de su autobiografía, ‘Las curvas del tiempo’ (2000).

Niemeyer perteneció a una generación comprometida con el ideal moderno de la transformación social. Lamentaba haber llevado a cabo escasos proyectos de carácter social.

Sin duda, marcó un camino en el que la arquitectura se une con la ética. Se trata de un legado abierto para los urbanistas que quieran seguirle.

Deja un extraordinario legado de proyectos en diversos países: desde la universidad de la ciudad argelina de Constantina, hasta el centro Niemeyer en Avilés, la sede del Partido Comunista de Francia, el complejo de la ONU en Nueva York, en cuyo proyecto colaboró, o la matriz de la editorial Mondadori en Milán, ungida por el propio maestro como una de sus obras predilectas. El complejo arquitectónico de Brasilia, con sus ministerios milimétricamente alineados y sus palacios gubernamentales de la Alvorada, Planalto o Itamaraty, representó su consagración definitiva.