Acto de contrición


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Este calor, este añorado calor me ahoga. Las calles congestionadas me abruman y esa sensación de miedo no olvidada pero sí abandonada, me tiene enferma. Cada moto que pasa acelera mis latidos. Mientras camino escucho pasos, presiento manos en mi hombro y hasta imagino un revólver apuntando mi corazón. Tengo pesadillas, hombres que saltan la pared de mi casa, ojos que husmean por mi ventana, llamadas telefónicas interferidas a la espera de mis consabidas y desagradables apreciaciones sobre el Gobierno.

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@gmail.com


Siento –aunque no es así–, que todo gira alrededor de mí, que la gente me mira, que las personas interpretan mis miradas y silencios, que mi presencia así como a muchos alegra a otros incomoda.
Todo me parece burocrático, abusivo y lento. El agua puede enfermarme y el pediatra de mi hija me prohibió darle fresas y brócoli por un buen tiempo.
Las noticias me deprimen: muertes, violaciones, embarazos adolescentes. La Semana Santa ya pasó y el olor a corozo aún está impregnado en mí y esa alergia que provoca tan sólo imaginarlo. La música estridente que resuena por doquier con sabor a ceviche, chela y coco parece no enterarse que ya pasaron esos días de asueto envueltos en calor.
El mundo da vueltas, por fin el juicio por “genocidio”, que si lo hubo, se lleva a cabo en el país mientras nuestro mandatario lo niega y se distrae otorgando la Orden del Quetzal a Arjona, cosa que ni me va, ni me viene pero que distrae, como todo en el país –el IGSS, videos sexuales, el fútbol–, la atención de las cosas importantes que ocurren.
Sí, soy negativa, fatalista y nadie me entiende, hace unos días me quejaba del frío, del clima y de la gente, del silencio, de la hueva generalizada y el aburrimiento de vivir en una ciudad donde todo está controlado, de dormir hasta tarde y levantarme a no hacer nada, de sentirme invisible extrañando hasta el juguito mugriento que corre por la mano del vendedor de mangos, el mismo que desde hace años, los hace insuperables con pepita, chile, limón y un poco –o mucho quizá–, de microbios.

Y hoy, el calor me ahoga, los comentarios de quienes según ellos puristas a los significados de palabras que sin embargo, inexplicablemente, pese a todo lo escrito arriba, pese a esa paranoia colectiva a la que me he unido nada más poner un pie en el aeropuerto, me siento contenta. Ahogada, abrumada e indignada pero en casa.
Una casa disfuncional, llena de prejuicios, de violencia, de hipocresía y falsedades, pero en la que en algo, mínimo, casi invisible, puedo limpiar, ordenar y así dejar de sentirme culpable.