Hace algunas semanas tuve que afectar una relación de muchos años con un amigo que escribía en La Hora porque siendo parte de un proyecto político en el que trabajaba apoyando de manera directa al candidato presidencial, utilizó varias veces el espacio que tenía para realizar «análisis» y comentarios en los que le volaba leño a los otros candidatos. Y le dije que yo pienso que apoyar a alguno no debe ser obstáculo para que alguien siga escribiendo una columna, siempre y cuando tenga la entereza y la hidalguía de decirlo para que el lector sepa que atrás de sus comentarios hay un interés marcado por sus preferencias personales.
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De hecho, en muchos lugares del mundo los medios de comunicación definen su postura y si apoyan a un candidato lo hacen ver editorialmente, lo cual no interfiere con la línea de información que permanece objetiva, aunque editorialmente se evidencie la tendencia. Otros, en cambio, ocultan sus compromisos y tratan de presentarse como muy objetivos y eso se traduce en manipulaciones y tergiversaciones de la realidad para engañar maliciosamente al público.
Actualmente hay analistas políticos que ocupan espacios en distintos medios y que hablan con el tono de quien está viendo los toros desde la barrera, pero entre sus actividades personales está la de asesorar de manera directa a algún candidato. Y esos personajes realizan, por ejemplo, interpretación de las encuestas publicadas por los medios y lo hacen en una forma que pretende ser académica y científica, pero que en el fondo es simplemente ponerle la tapa al pomo para justificar las distorsiones que puedan existir en el manejo de las cifras.
Precisamente por ello es que los encuestadores siempre salen en caballo blanco, porque terminan usando un lenguaje en el que no tienen forma de perder. Pueden hacer la más burda manipulación, porque siempre encontrarán argumentos para explicar el porqué de las diferencias. Ahora resulta que al extrapolar las cifras de una metodología a otra, de todos modos dicen que le pegan al resultado, aunque las diferencias sean tan abismales como las que se muestran entre, por ejemplo, la encuesta publicada el miércoles que colocaba a Otto Pérez Molina delante de Colom y la publicada hoy que marca una diferencia de casi ocho puntos a favor del segundo. Y el tupé con el que explican que ambas encuestas coinciden, aun con esas abismales diferencias, sólo se explica por esa realidad, de que quienes presumen de analistas son en realidad activistas políticos que esconden mañosamente su compromiso para favorecer a su causa engañando a la opinión pública.
No sé si de ellos ha dicho algo aquel vejestorio que supuso que La Hora estaba apoyando a Colom por el papel que mi hijo juega en ese proyecto político, pero sería bueno que le pusiera ojo a lo que sus discípulos hacen porque la verdad es que algunos de los que incurren en esas barbaridades como que aprendieron las mañas bajo su propia tutela. Nada cuesta ser transparente y decir si uno tiene su corazoncito por algún lado. Como tampoco nos cuesta nada expresar nuestro desencanto a quienes no encontramos en ninguna de las ofertas electorales una propuesta que valga la pena porque entendemos que todas están condicionadas por el mismo poderoso caballero que conocemos como Don Dinero.