Un hombre y una mujer procrean una familia fruto del cual nace una niña, luego otra y una tercera más que completarían el grupo de las hermanas. El clan también habría de procrear cuatro niños que juntos los nueve, habrían de subsistir como lo hace cualquiera de las miles de familias en medio de la pobreza de cualquier escenario próximo, sea rural o urbano.
El contexto de la familia sucede al borde del vacío, es el de la sociedad deteriorada que vive la vida en la insoportable angustia de la pobreza y con la incertidumbre que su mañana será peor que el de hoy. Es la realidad del olvido y de la orfandad social y por lo tanto estatal. No llegan al entorno de aquella familia de siete hijos, ni los servicios públicos con calidad ni con mala calidad, por supuesto aspirar a justicia y seguridad es algo que no se espera. Las hermanas pasan sus días entre la fantasía de su niñez y la precariedad del hogar, sólo comprendida por el padre y la madre.
Vecinos a la familia de las tres hijas y cuatro hijos, convive otro conglomerado familiar. Igual situación de pobreza y precariedad, pero el padre del segundo grupo es alcalde auxiliar del poblado donde habitan; dicha figura es de amplio reconocimiento y legitimidad en las localidades porque goza de la confianza del colectivo social, es como un padre de la comunidad. Uno de sus hijos está en plena juventud y a punto de concluirla, está terminando los 20; sin embargo, su vida ha ocurrido ya entre frustración y fracaso, el sistema no lo acepta y lo criminaliza, la familia con muchos indicios habrá dado más incertidumbres que respuestas a ese joven, que se fue moldeando entre robos y asaltos.
El alcalde auxiliar, tío de las niñas de la primera familia, habrá tenido que ser coherente consigo mismo e impulsar una gestión sobre normas y valores comunitarios, que no contradigan los suyos y los de las familias de la localidad. El hijo está listo para consumar su acto desbordante de perversión y violencia, sin dimensionarlo exactamente porque su vida roza ya la anomia que le hace un asesino indiferente en este mundo; como dice Edelberto Torres, su lógica ya no es la inmoralidad sino la amoralidad; violará y matará a tres niñas que son sus primas sin discernir sino ejecutar.
El escenario se completa con dos factores que afectan el hecho cometido. Yacen en el inconciente colectivo de las dos familias, así como en el de todos en este país, un pasado de horror y sangre que exacerbado hoy por un manto de impunidad, conducen a cada individuo a valorar poco o nada las reglas mínimas de la interrelación social. El segundo factor lo constituye más bien subproductos de la pobreza de las familias en cuestión. El padre de las niñas estaba a punto de recibir indemnización por su retiro como trabajador municipal, supongo que no sería un botín; y días antes, el primo que es el victimario fue descubierto en un asalto por una de las niñas.
Ejecutada la historia violenta, la comunidad presiona al alcalde porque se identifica a su hijo como uno de los responsables, caen otros dos y se descubre lo impensable, víctimas y victimarios están emparentados. El Estado que lo ha desamparado como padre le reclama justicia y coherencia como alcalde para que entregue a su hijo.
¿Es un buen padre el alcalde al entregar al victimario de las niñas? ¿Actuó como padre o como alcalde? Considere su respuesta si además usted se entera que en la segunda familia había indicios de abuso intrafamiliar.