Acerca del revés de la doctora Menchú


Alrededor de un mes después de que el actual presidente boliviano Evo Morales habí­a triunfado en las elecciones de su paí­s en 2005, o sea en la segunda semana de enero de 2006, nos reunimos un reducido grupo de amigos que, sin estar afiliados a ningún partido polí­tico, nos consideramos socialdemócratas, y celebrábamos la victoria del dirigente indí­gena sudamericano.

Eduardo Villatoro

Algunos de mis compañeros, entusiasmados ante la posibilidad de que en Guatemala pudiese ocurrir similar fenómeno electoral, personalizado en la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, creyeron que era la oportunidad de que una mujer e indí­gena, para mayor escarnio de la plutocracia conservadora, se lanzara de candidata a la Presidencia de la República, con muchas probabilidades de obtener la victoria, tomando como antecedente lo sucedido en Bolivia.

Aunque no compartí­ el aparatoso arrebato de mis amigos, por razones que anotaré adelante, acepté la comisión de buscar una entrevista con la doctora Menchú en nombre del grupo, en vista de que cuando fui secretario ejecutivo de la desaparecida Comisión Nacional de Reconciliación, habí­a tenido contactos con ella al haberse realizado el Diálogo Nacional, a finales de la década de los ’80, y quizás se recordarí­a de mí­, por pequeños detalles a mi cargo, que facilitaron su participación en ese encuentro.

Con reservas, llamé a la oficina de doña Rigoberta. Una voz masculina me indicó que para los efectos de mi solicitud me comunicara con su secretario privado. Esta persona me dijo que para poder conversar con la señora Menchú previamente enviara una carta. Redacté la nota y la envié el 17 de enero de 2006. Me quedé esperando la respuesta. Se lo hice saber a mis amigos y me desligué del abortado proyecto.

Desatendido estaba de este asunto, aunque me enteré, por supuesto, que meses después habí­a aceptado la candidatura presidencial que le propuso el partido Encuentro por Guatemala, cuando a mediados de junio de este año recibí­ una llamada del doctor Michael E. Allison, de la universidad norteamericana de Scranton, quien deseaba conversar conmigo (además de sostener reuniones con analistas polí­ticos), y el 25 de ese mes me visitó.

El investigador estadounidense demostró especial interés en saber mi opinión respecto a la candidatura de la señora Menchú, puesto que creí­a que habí­a muchas probabilidades de que saldrí­a victoriosa, después de lo ocurrido en Bolivia. Entre otros conceptos, le indiqué que mientras que en esa nación sudamericana son dos los grandes grupos amerindios, los aymaras y los quechuas, en Guatemala existen 21 grupos lingí¼í­sticos (comúnmente conocidos como etnias), y que, al igual que en cualquier sociedad, tienen sus diferencias internas, incluso clasistas, de manera que, por ejemplo, un empresario k’iché de la ciudad de Quetzaltenango, no tiene nada en común con un pescador artesanal tz’utjil del lago de Atitlán.

Agregué que contra el exagerado optimismo de la doctora Menchú, cuando afirmó en Francia que contaba con las simpatí­as del 75 % del electorado, en realidad su candidatura no habí­a provocado el frenesí­ de los indí­genas de origen maya, ni de los grupos populares organizados, aunque sí­ el respeto de la mayorí­a de los guatemaltecos.

Me preguntó el Dr. Allison a qué atribuí­a yo esa falta de respaldo. Le respondí­ que posiblemente obedecí­a a que durante los tres años anteriores, doña Rigoberta ignoró las protestas de grupos indí­genas y campesinos contra las polí­ticas neoliberales del gobierno empresarial, y las represiones de que fueron objeto; no se dio por enterada de las legí­timas reclamaciones magisteriales y del rechazo de las comunidades a la minerí­a de cielo abierto; guardó silencio ante la polí­tica migratoria de Estados Unidos y la masiva expulsión de miles de guatemaltecos, porque ella estaba muy ocupada representando al régimen del presidente í“scar Berger en reuniones internacionales, en su calidad de Embajadora de la Paz.

Esas mismas razones y otras más que le expliqué al Dr. Allison en su oportunidad, y que evidencian el divorcio de la doctora Menchú con los sectores indí­genas, campesinos, comunitarios y populares, dilucidan su estrepitosa derrota electoral. No se trata de racismo ni de exclusión de género. Es falta de efectiva identificación de la Premio Nobel con las necesidades de las clases sociales marginadas del paí­s.

(Terminadas las elecciones, Romualdo, activista de Encuentro por Guatemala, pregunta por un derrotado candidato a diputado. ?Lleva tres dí­as en cama, le responde la empleada. ?¿Se enfermó o está agotado por hacer proselitismo? No ?replica la doméstica?; es que se casó).