Quizá porque no le tiene la misma confianza que a mí, el odontólogo Rogelio Castillo no se dirigió directamente a Oscar Clemente Marroquín para referirse a su artículo del pasado lunes, cuando el director de La Hora abordó lo referente a la necesidad de promulgar una nueva Ley de Tránsito, para aplicar sanciones más severas a conductores irresponsables.
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Pues bien, Rogelio me envió un extenso mensaje que no voy a reproducir en su totalidad, en el que después de felicitar a Oscar Clemente por la ecuanimidad de sus comentarios, trae a colación las desventuras que le tocó vivir en un reciente viaje a San Juan Cotzal, Quiché, al margen de las bellezas naturales de ese departamento, especialmente por la cantidad de túmulos que los habitantes de aldeas y pueblos ubicados a orillas de carreteras han colocado, como que si fuera una feroz competencia, lo cual debería ser regulado en la nueva Ley de Tránsito propuesta por el timonel de este vespertino.
Tiene toda la razón el doctor Castillo en lo que se refiere a los problemas que enfrenta el automovilista cuando transita por carreteras, porque al no conocer la ruta o no haber viajado recientemente por un tramo determinado, corre el riesgo de que su vehículo se deteriore o sufra daños mayores si no tiene tiempo de frenar el automotor cuando de repente surge sin previo aviso un abultado túmulo, sobre todo si es de noche y está lloviendo.
Si eso sucede en carreteras de segundo orden, como la que recorrió mi amigo Rogelio, es inaudito que en vías asfaltadas de primera importancia, como las rutas del Pacífico e Interamericana, v. gr., se coloquen los mentados túmulos, en algunos trechos a cada cincuenta metros de distancia, como ocurre, para citar un ejemplo, entre el municipio de Catarina y la frontera con México, departamento de San Marcos, donde hasta en cerradas curvas el automovilista tiene que superar con habilidad esos obstáculos, para impedir lamentables accidentes.
Es comprensible que los lugareños que viven a la orilla de las carreteras quieran proteger las vidas y seguridad física de niños y ancianos de sus comunidades, en vista de que no faltan conductores de camionetas extraurbanas y de otros vehículos que transitan a velocidades vertiginosas; pero las autoridades municipales o gubernamentales deben regular la colocación de vibradores que reducen la celeridad de los automotores, sin poner en riesgo a los pasajeros y tripulantes ni a los propios automotores, en vez de los prominentes túmulos colocados al capricho de quien se le antoje, a como dé lugar.
(Una anciana le dijo al odontólogo Romualdo Torres: -Vengo a que me saque los dientes, por favor. El dentista repone: -Pero, señora, si usted no tiene dientes. La viejita agrega: -Sí tengo, doctor, pero acabo de tragármelos).