Una amiga y colega mía me escribió, pero con la desazón de que, existiendo tantos problemas que abordar, yo no le pondría atención a su mensaje. Mas no es así. En este espacio hay cabida para todo tema, asunto o protesta razonablemente expuesta y condimentada.
El correo lo envía la periodista Isabel Arriaga Cifuentes, compañera de hogar del también trabajador del periodismo Eliseo Alburez Pinzón, quienes, igual que miles de guatemaltecos, se vieron obligados a abandonar Guatemala para salvar sus vidas durante la guerra interna, pero al contrario de otros compatriotas -incluso mi caso personal- que tan pronto como les fue posible retornaron a sus querencias, estos dos amigos se afincaron en el estado mexicano de Guerrero, en donde se dedicaron al ejercicio de su profesión u oficio, ya sea como reporteros/redactores de medios impresos o electrónicos, o en la cátedra universitaria.
Sin embargo, vienen con alguna frecuencia a Guatemala, especialmente para convivir temporalmente con sus familiares y participar en las reuniones del Instituto de Previsión Social del Periodista y la Asociación de Periodistas de Guatemala, a fin de saludar a viejos camaradas.
El caso es que el pasado fin de mes la Chabelita y Eliseo estuvieron en esta capital y, como en anteriores oportunidades, aprovecharon la ocasión para intentar saborear comida guatemalteca, como pulique con arroz, pepián, caldo de gallina criolla, revolcado y otros platillos similares, especialmente porque venían acompañados de los también periodistas mexicanos Víctor Hugo Martínez y Orquídea Donjuan, esposa de otro colega guatemalteco residente en México, Arturo Soto Gómez.
Me cuenta la Chabelita que con el afán de agasajar a sus invitados, dispusieron almorzar en el restaurante Los Antojitos; pero, para su decepción, según lo enfatiza en su mensaje, la comida fue mal preparada, los ingredientes pésimamente sazonados, unos platos con mucha sal y otros sin en ese acre condimento.
Para no quedarse frustrados, tomaron rumbo a la Antigua. Más puntualmente, se encaminaron a San Felipe, donde se acomodaron en un comedor medianamente aceptable; pero por tratarse de «comida típica» no le pusieron cuidado al desorden.
Lean ustedes lo que mi amiga cuenta: «Pedimos varios platos, pero toda la comida estaba medio calentada, al extremo de que la carne estaba podrida. Yo pedí ’un pepián de tres carnes’, haciéndome la ilusión de que iba a estar suculento, pero ¡oh decepción! No sólo las carnes habían permanecido varios días en el refrigerador, sino que, además, apenas las recalentaron. En iguales condiciones se encontraban los platillos de los otros comensales».
Mi amiga prosigue en su gastronómico relato de la manera siguiente: «Dejamos el lugar y optamos por ir a comer no a un hotel de cinco estrellas ni nada por el estilo, sino al mercado central de la Antigua, creyendo que las condiciones serían distintas. Y no nos fue tan mal porque por lo menos la comida no estaba aceda; pero los chiles rellenos ya no son los tradicionales. En vez de carne, les ponen papa. ¡Qué sabor más horrible!».
La Chabelita es de la opinión que los dueños de esos restaurantes y comedores de comida típica guatemalteca «han bajado la calidad, para asegurar sus ganancias; pero lo hacen tontamente, porque el cliente no vuelve al mismo establecimiento, mientras los turistas regresan a sus países de origen con un mal concepto de la cultura culinaria guatemalteca, y de ahí que prefieren comer la comida chatarra de las cadenas de restaurantes norteamericanos».
Considera mi colega residente en México que las autoridades del Instituto Guatemalteco de Turismo deberían poner un poco de atención a esta clase de establecimientos culinarios, porque si bien es cierto no son visitados por turistas de altos vuelos, sí son objeto de interés del mayoritario turista común y corriente que desea conocer las costumbres y las tradiciones populares de Guatemala, incluyendo su comida típica.
La Chabe me cuenta otros tropiezos que suelen afrontar los turistas que viajan en una empresa del transporte terrestre, de lo cual quizá me ocuparé después.
(El periodista Romualdo Albisurez despierta llorando en la noche, y su esposa Elizabeth, también comunicadora social, le pregunta: -¿Qué te pasa, mi amor? El marido le responde: -¿Te acordás que cuando éramos novios, y vos, de 17 años, quedaste embarazada? ¿Y que tu padre me fijó un ultimátum diciéndome «o te casás con mi hija o te vas a la cárcel»? ?Si, cariño, lo recuerdo muy bien -repone la esposa. Romualdo agrega: -Pues si hubiese escogido ir a la cárcel ¡hoy se vencería mi condena!).