El ayudante, enjuto de unos 18 años, se metía entre la gente para cobrar los Q3.00 de pasaje. Un precio injusto. Todos lo sabíamos. El precio hasta hacía un par de meses era de Q2.00, pero un día, cualquiera a los dueños de las camionetas se les ocurrió que con lo que cobraban no «cubrían sus costos» para brindar un «mejor servicio» y sin consulta, mucho menos oposición, se les ocurrió subirle Q1.00 al pasaje.
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El cobrador, se introducía en el amontonamiento y pedía las tres monedas. Si alguien no las tenía, quizá se arriesgaría a su enfado y corría el riesgo de ser descendido de la cafetera con ruedas. Para mala suerte del viaje, hubo una mujer que, aunque buscó y rebuscó en su monedero, no encontró más de Q2.00 y una choca más.
El pronóstico se cumplió y el ayudante detuvo sus cobros hasta que la mujer reuniera los Q3.00. «Lo siento, pero no tengo más», excusa que no fue aceptada y de la nada soltó improperios contra la mujer. «Mire, vieja pisada, el precio es de tres varas, si no los tiene se baja», nadie hizo nada. Los improperios seguían hasta que un hombre se paró y dijo «tomá esa babosada», y le tiró una moneda, dejando en paz a la mujer.
El bus transportaba a aproximadamente 50 personas, que aunque estaban en calidad de pasajeros, parecían simples y meros espectadores de una escena común en el servicio público. La pasividad fue evidente, hasta hubo quienes pasaron en alto todo lo que pasaba a su alrededor y se ensimismaron en un intento para dormirse.
La mujer que protagonizó tan desagradable espectáculo me lo compartió. Y ambos coincidimos en que somos unos pasmados. Hacen con nosotros lo que quieren y nadie protesta, porque, quizá, si ella se opusiera al brinco, la hubieran bajado sin que nadie se hubiera opuesto, y ¿para qué arriesgarse? Me dijo.
Es una cotidianidad, en un país desordenado. Y pasa en cualquier sitio a donde vayamos. Pero el transporte público es un lugar común, y pareciera que está diseñado para transportar ganado y no personas. Porque el transporte público es un buen negocio, y lo que menos se piensa es en brindar un servicio para el cual son contratados. Todo un desorden.
Las camionetas se deterioran y no las reparan. Los conductores, con contadas excepciones, no tienen estima ni econ su propia vida. Y cada quien maneja las tarifas como quieren, y aunque se consignen directrices para regular los precios, los empresarios del transporte hacen caso omiso en un sistema que no logra controlar a este monstruo.
Al final, lo que nos queda como usuarios es procurar llevar en los bolsillos suficiente dinero para pagar lo que los transportistas quieran y no arriesgarnos a enfrentarnos contra los ayudantes. Es un círculo que a nadie le interesa cerrar.