Abusos en el transporte


El ayudante, enjuto de unos 18 años, se metí­a entre la gente para cobrar los Q3.00 de pasaje. Un precio injusto. Todos lo sabí­amos. El precio hasta hací­a un par de meses era de Q2.00, pero un dí­a, cualquiera a los dueños de las camionetas se les ocurrió que con lo que cobraban no «cubrí­an sus costos» para brindar un «mejor servicio» y sin consulta, mucho menos oposición, se les ocurrió subirle Q1.00 al pasaje.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

El cobrador, se introducí­a en el amontonamiento y pedí­a las tres monedas. Si alguien no las tení­a, quizá se arriesgarí­a a su enfado y corrí­a el riesgo de ser descendido de la cafetera con ruedas. Para mala suerte del viaje, hubo una mujer que, aunque buscó y rebuscó en su monedero, no encontró más de Q2.00 y una choca más.

El pronóstico se cumplió y el ayudante detuvo sus cobros hasta que la mujer reuniera los Q3.00. «Lo siento, pero no tengo más», excusa que no fue aceptada y de la nada soltó improperios contra la mujer. «Mire, vieja pisada, el precio es de tres varas, si no los tiene se baja», nadie hizo nada. Los improperios seguí­an hasta que un hombre se paró y dijo «tomá esa babosada», y le tiró una moneda, dejando en paz a la mujer.

El bus transportaba a aproximadamente 50 personas, que aunque estaban en calidad de pasajeros, parecí­an simples y meros espectadores de una escena común en el servicio público. La pasividad fue evidente, hasta hubo quienes pasaron en alto todo lo que pasaba a su alrededor y se ensimismaron en un intento para dormirse.

La mujer que protagonizó tan desagradable espectáculo me lo compartió. Y ambos coincidimos en que somos unos pasmados. Hacen con nosotros lo que quieren y nadie protesta, porque, quizá, si ella se opusiera al brinco, la hubieran bajado sin que nadie se hubiera opuesto, y ¿para qué arriesgarse? Me dijo.

Es una cotidianidad, en un paí­s desordenado. Y pasa en cualquier sitio a donde vayamos. Pero el transporte público es un lugar común, y pareciera que está diseñado para transportar ganado y no personas. Porque el transporte público es un buen negocio, y lo que menos se piensa es en brindar un servicio para el cual son contratados. Todo un desorden.

Las camionetas se deterioran y no las reparan. Los conductores, con contadas excepciones, no tienen estima ni econ su propia vida. Y cada quien maneja las tarifas como quieren, y aunque se consignen directrices para regular los precios, los empresarios del transporte hacen caso omiso en un sistema que no logra controlar a este monstruo.

Al final, lo que nos queda como usuarios es procurar llevar en los bolsillos suficiente dinero para pagar lo que los transportistas quieran y no arriesgarnos a enfrentarnos contra los ayudantes. Es un cí­rculo que a nadie le interesa cerrar.