Hemos entrado en la recta final del ciclo escolar y, como lo hemos dicho innumerables veces, muchos maestros y en muchos colegios y escuelas públicas, no acaban de entender que de nada sirve saturar a los estudiantes con tareas para su casa, si las mismas carecen de sentido al ser producto de una arbitraria programación pseudo-didáctica, por de más formalista y divorciada totalmente de la realidad en que viven los educandos.
He visto, a estas alturas del ciclo escolar, y aún meses antes, cómo niños que cursan la escuela primaria y preprimaria, sin excluir, por supuesto, a los del nivel medio, se desesperan y agobian al extremo, con tanta tarea inútil que, en el mejor de los casos, constituyen burdas y fraudulentas copias de contenidos completos pirateados de la Internet; otros, hechos por sus papás, tíos o abuelos que con la alcahuetería característica y propia de nuestra idiosincrasia, se aplican en la elaboración de maquetas, sistemas solares, colecciones de cuanta babosada se les ocurra en el colegio, modelos con las partes de la célula y cuanto más trabajo inútil les dejen a sus hijos o nietos como deber para de un día a otro.
Cuándo entenderán dichos maestros y centros educativos que no es la cantidad de trabajo y de información la que forma y procura cambios de actitud, que al fin de cuentas es el objetivo primordial de la educación; que no es la saturación ni el conocimiento enciclopédico y memorístico el que puede garantizar la calidad de persona que los educandos puedan llegar a ser en el futuro. Lo que básicamente deben aprender los alumnos de cualquier escuela es a resolver los problemas concretos que la realidad les plantea directamente día a día; a pensar y argumentar con claridad y criterio propio; a expresarse y comunicarse eficientemente, con exactitud, carácter y estilo propio; a ser creativos y a ejercitarse en el liderazgo con responsabilidad cívica y académica.
Lo que el sistema educativo está generando parece ser todo lo contrario, al fomentar el fraude con tanto trabajo inútil y frustrando a los estudiantes al ser incapaces para hacer las cosas por sí mismos y con la originalidad que se podría suponer.
Es penoso ver tanta mortificación en niños víctimas de la escuela y de profesores obtusos, por cuanto ya no son capaces de gozar del calor del hogar, de la compañía de familiares y amigos ni de la vivencia directa del contexto o ambiente que les rodea. Se ha perdido de vista el valor de la educación informal, así como se ha descuidado el valor educativo de la familia. Los famosos «deberes» o» tareas» están matando la libertad y la creatividad de nuestra niñez y juventud. El sistema educativo amaestra en el sentido de que trata de formar en una sola dimensión, la dimensión de la cantidad y del fraude; lo que es decir, de la memorización y de la transgresión.
Mejor sería abolir la escuela, si ésta no garantiza la verdadera formación en libertad de los educandos.