Absurdos en la educación


Hemos entrado en la recta final del ciclo escolar y, como lo hemos dicho innumerables veces, muchos maestros y en muchos colegios y escuelas públicas, no acaban de entender que de nada sirve saturar a los estudiantes con tareas para su casa, si las mismas carecen de sentido al ser producto de una arbitraria programación pseudo-didáctica, por de más formalista y divorciada totalmente de la realidad en que viven los educandos.

Milton Alfredo Torres Valenzuela

He visto, a estas alturas del ciclo escolar, y aún meses antes, cómo niños que cursan la escuela primaria y preprimaria, sin excluir, por supuesto, a los del nivel medio, se desesperan y agobian al extremo, con tanta tarea inútil que, en el mejor de los casos, constituyen burdas y fraudulentas copias de contenidos completos pirateados de la Internet; otros, hechos por sus papás, tí­os o abuelos que con la alcahueterí­a caracterí­stica y propia de nuestra idiosincrasia, se aplican en la elaboración de maquetas, sistemas solares, colecciones de cuanta babosada se les ocurra en el colegio, modelos con las partes de la célula y cuanto más trabajo inútil les dejen a sus hijos o nietos como deber para de un dí­a a otro.

Cuándo entenderán dichos maestros y centros educativos que no es la cantidad de trabajo y de información la que forma y procura cambios de actitud, que al fin de cuentas es el objetivo primordial de la educación; que no es la saturación ni el conocimiento enciclopédico y memorí­stico el que puede garantizar la calidad de persona que los educandos puedan llegar a ser en el futuro. Lo que básicamente deben aprender los alumnos de cualquier escuela es a resolver los problemas concretos que la realidad les plantea directamente dí­a a dí­a; a pensar y argumentar con claridad y criterio propio; a expresarse y comunicarse eficientemente, con exactitud, carácter y estilo propio; a ser creativos y a ejercitarse en el liderazgo con responsabilidad cí­vica y académica.

Lo que el sistema educativo está generando parece ser todo lo contrario, al fomentar el fraude con tanto trabajo inútil y frustrando a los estudiantes al ser incapaces para hacer las cosas por sí­ mismos y con la originalidad que se podrí­a suponer.

Es penoso ver tanta mortificación en niños ví­ctimas de la escuela y de profesores obtusos, por cuanto ya no son capaces de gozar del calor del hogar, de la compañí­a de familiares y amigos ni de la vivencia directa del contexto o ambiente que les rodea. Se ha perdido de vista el valor de la educación informal, así­ como se ha descuidado el valor educativo de la familia. Los famosos «deberes» o» tareas» están matando la libertad y la creatividad de nuestra niñez y juventud. El sistema educativo amaestra en el sentido de que trata de formar en una sola dimensión, la dimensión de la cantidad y del fraude; lo que es decir, de la memorización y de la transgresión.

Mejor serí­a abolir la escuela, si ésta no garantiza la verdadera formación en libertad de los educandos.