Aparte de tener nuestra peculiar “hora chapina”, Guatemala carecía de una hora oficial y no es sino ahora que el Laboratorio del Centro Nacional de Metrología la determina para que sea reconocida por el sector público y el sector privado para que tenga efectos legales, judiciales, comerciales y financieros. De suerte que a partir de ahora tendremos que regirnos por una hora oficial que se sincroniza con el resto de países mediante lo que se denomina Patrón Nacional de Tiempo y Frecuencia.
Y abordamos el tema porque nos parece fundamental que los guatemaltecos abandonemos nuestra práctica de impuntualidad que arrastramos hasta con un dejo de orgullo porque aquí no se considera de mal gusto ni, mucho menos, como gesto de irrespeto a los demás, llegar tarde a cualquier cita.
No es casualidad que en los países más desarrollados, donde se valora adecuadamente la importancia del tiempo, la gente sea puntual y las actividades puedan realizarse de acuerdo a programaciones que se enmarcan cuidadosamente en el cumplimiento a tiempo de las citas, no digamos de las obligaciones. Nuestra impuntualidad es tal que ni siquiera los términos y plazos establecidos en ley se cumplen y son los mismos tribunales, llamados a aplicar la ley, los primeros que la violentan ignorando de manera olímpica los períodos de tiempo establecidos para la realización de cualquier diligencia.
Mientras más importante se siente una persona, más tiende a la impuntualidad. Pareciera que la puntualidad queda para la gente desocupada que no tiene nada que hacer porque quienes se las llevan de estar muy ocupados, disfrutan retrasando sus citas en forma verdaderamente irrespetuosa para los demás.
La llamada hora chapina es una tradición de muchísimos años y sabrá Dios cómo fue que se inició y por qué se llegó a enraizar tanto en la forma de ser de los guatemaltecos. Una invitación para asistir a un evento a las siete de la noche significa que hay que llegar a eso de las ocho, como mínimo, puesto que de lo contrario se corre el riesgo de encontrar a los anfitriones todavía en los últimos preparativos porque ya damos por sentado que nadie se asomará puntualmente. El colmo es que si alguien llega a las siete es criticado por su “mal gusto”.
Aquí empiezan tarde los eventos deportivos, los espectáculos de cualquier naturaleza y hasta hay parroquias en las que las misas principian quince o veinte minutos después de la hora programada.
Cambiar una costumbre tan arraigada no es fácil, pero valdría la pena emprender esfuerzos serios para abandonar la mala maña que tenemos de llegar tarde a todos lados.
Minutero
Al apañar al corrupto
se alienta la picardía;
hace falta un exabrupto
para voltear la tortilla