El 11 de septiembre es una fuente de dolor y angustia que se extiende mucho más allá de Nueva York. Por un lado, gente desde Londres a Nueva Zelanda se enteró que sus seres queridos figuraban entre las víctimas y tienen que contentarse con soportar su pena desde lejos. Y a otros, la tragedia les alteró la vida de manera particular: algunos se mudaron, otros renunciaron a sus trabajos, descubrieron la espiritualidad o fundaron instituciones caritativas.

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En un cementerio de Lituania, a miles de kilómetros de Nueva York, siguen erguidas las Torres Gemelas. Vladimir Gavriushin deposita rosas blancas cerca de un monumento de dos metros de altura que reproduce en granito los rascacielos del Centro de Comercio Mundial, que erigió en recuerdo de su hija Yelena, una de las casi 3.000 víctimas asesinadas el 11 de septiembre del 2001.
Gavriushin ha enterrado cascotes procedentes de los restos del atentado bajo esas torres, muy lejos del lugar en el que falleció Yelena, un lugar que no puede ya visitar por razones económicas. Por ello, al acercarse el décimo aniversario de los atentados terroristas que acabaron con la vida de su hija, llora aquí la ausencia de Yelena.
Recuerda haber llamado frenéticamente a su hija ese día en medio de personas que en Brooklyn, donde se encontraba en aquel momento, estaban tan aterrorizadas como él. «Nunca me respondió».
Para algunos, fue imposible realizar la peregrinación al lugar de la tragedia, o llorar junto a una comunidad que comparte su dolor. Para otros, el dolor reside en el simbolismo del 11 de septiembre, un día que, para los estadounidenses, está inexorablemente relacionado con la identidad nacional, la política y el patriotismo.
Más extranjeros que perdieron seres queridos ese día tuvieron pocas ganas de agitar banderas. Muchos pusieron en dudas las razones políticas y las guerras que siguieron. La cuestión es ¿a qué categoría pertenecen?
Para algunos, la necesidad de llorar en el lugar donde fallecieron sus seres queridos sigue siendo intensa.
Mí‰XICO
En el suburbio de Ecatepec, en la zona metropolitana de la ciudad de México, Raquel López y su familia no pueden costear los visados para viajar a Estados Unidos. Por ello, este 11 de septiembre acudirán por la mañana a una misa y colocarán flores en la tumba de su hermano, Leonardo López.
Compartirán los recuerdos del cocinero de 42 años que falleció en el restaurante Windows on the World situado en el piso 107 de la torre norte del Centro de Comercio Mundial. Seguirán los acontecimientos del aniversario por televisión.
«Pero donde todos queremos estar ese día es en el punto cero», reconoció López, con los ojos humedecidos por las lágrimas. «Queremos estar donde murió, con la gente que sufre el mismo dolor y que comprende el vacío con el que hemos quedado todos nosotros».
Al igual que muchas familias de víctimas extranjeras, López quedó afectada por las guerras que siguieron al 11 de septiembre. Este año, la familia se vestirá de blanco como símbolo de su deseo por la paz.
«Quizá lo que necesita Estados Unidos es sentarse a dialogar con esas personas», dijo. «Porque han probado la guerra y el terrorismo no ha terminado».
CAMBIO DE VIDA
El modesto apartamento en Brooklyn quedó en el pasado, con su diminuto jardín y restringido espacio. Atrás quedaron también las largas jornadas de trabajo, el afán por sobresalir en la profesión y una agitada vida social llena de amigos jóvenes y sin hijos.
Para Gillian Caldwell y Louis Spitzer, todo esto desapareció tal como desaparecieron las Torres Gemelas de Nueva York, ese fatídico día de septiembre 10 años atrás.
Hoy, viven en una casa amplia en un suburbio de Maryland, con un extenso patio que alberga un perro y un gallinero. La rutina diaria gira en torno a los niños: su escuela, sus clases de fútbol y karate.
Los hijos se llaman Tess y Finley, que de alguna manera son símbolo del cambio de rumbo que sus padres decidieron tomar el 11 de septiembre del 2001.
«Fue una renovación completa», dice Caldwell sobre sus reflexiones después de los atentados, que «me dieron claridad sobre quién soy y qué quiero ser en este mundo».
En Texas, una mujer decidió reconciliarse con sus padres, con quienes no hablaba desde hacía años.
En Rhode Island, un estudiante de secundaria abandonó sus planes de estudiar medicina y se incorporó a la fuerza aérea.
En Pensilvania, el tímido propietario de una ferretería decidió trabajar como voluntario narrando para turistas la suerte del avión que cayó allí el 11 de septiembre.
Y en un apartamento en Brooklyn, pocos días después de los ataques, una pareja neoyorquina decidió tener un bebé. Era algo que habían dejado para «algún día», pero los trágicos sucesos les hicieron ver que nunca se sabe lo que nos depara el destino.
SANEAR LAS HERIDAS
Después de los ataques, mucha gente sintió la necesidad de hacer algo para mejorar sus vidas o las de los demás. Querían que algo bueno salga de algo malo, querían sanear sus heridas emocionales, darle nuevo rumbo a sus vidas.
«Sentí la necesidad de vivir a plenitud el resto de mi vida, sirviendo a la patria», dice Nicholas Mercurio, quien era estudiante de secundaria en Providence, Rhode Island cuando ocurrieron los ataques.
Tenía sólo 16 años y sabía exactamente lo que quería hacer, por lo menos hasta ese momento: estudiar medicina y convertirse en un cirujano cardiovascular. Pero los sucesos del 11 de septiembre le obligaron a pensar en cómo mejor servir a la sociedad. Fue cuando vio la marcha militar en el intermedio de un partido de fútbol estadounidense que se dio cuenta: quería incorporase a las filas, servir a su país.
«Hubiera podido continuar el camino que me había trazado, y hubiera tenido una vida muy cómoda y próspera, pero ¿cómo me sentiría?», expresó.
Hoy, es teniente de la Fuerza Aérea.
ESCRITORA
Es difícil saber cuán comunes son estas experiencias de vidas cambiadas tras los ataques.
Pero hay una persona que se dedicó a escribir un libro precisamente sobre gente que cambió sus vidas después de ese acontecimiento: Wendy Stark Healy escribió «Life is Too Short: Stories of Transformation and Renewal after 9/11» («La vida es demasiado corta: Relatos de transformación y renovación después del 11 de septiembre»).
Healy se sintió inspirada por un cura que pasó cinco meses en la zona del desastre y luego fue trabajador social y consejero sicológico. El libro narra las historias del cura, Tom Taylor y de otras 12 personas que cambiaron su rumbo después de la tragedia.
«Hay gente que me decía, ‘este momento me transformó’, pero yo no sé si fue igual para todos, aunque todos tenían algún tipo de momento de reflexión», dice Healy.
«Es como que algo nos estremeció, ¿cómo podría alguien no sentir algún tipo de cambio?», añade.
Susan Russo, de Pearland, Texas, quedó tan conmovida que decidió reentablar comunicación con sus padres, con quienes no había hablado durante años luego del fallecimiento de su hermano.
Hoy en día, los llama a diario y los visita dos veces al año.
«Pensé que quería llegar a conocer a mi padre y a mi madre antes de que fallecieran», dice Russo, una asistente administrativa de 53 años de edad.
Los sucesos del 11 de septiembre, dice, «cambiaron mi vida totalmente».
Giro migratorio
Los extranjeros sin papeles están pagando los platos rotos de las fallas en la política de seguridad que permitieron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001: desde entonces se ha registrado un pronunciado aumento de detenciones y deportaciones de inmigrantes que ingresaron al país ilegalmente.
Activistas aseguran que desde que se aumentaron las medidas de seguridad hace una década, subió paralelamente la discriminación hacia personas cuyo aspecto físico no coincide con la imagen estereotípica del estadounidense caucásico.
Las expectativas de que se aprobase una reforma migratoria que permitiese regularizar la situación de 12 millones de inmigrantes sin papeles habían crecido gracias al apoyo del entonces presidente George W. Bush a esa iniciativa.
Pero un proyecto de ley presentado en 2006 por el republicano John McCain y el demócrata Edward Kennedy, que buscaba una reforma integral e incluía un programa temporal de trabajadores invitados y la posibilidad de legalización para los inmigrantes sin autorización legal, nunca fue sometido a votación. Se hundió sin pena ni gloria en el Senado.
Bush no logró promover una reforma migratoria en 2007 ante las críticas de que equivalía a una amnistía para los inmigrantes que se cruzaron la frontera sin permiso o que extendieron el tiempo permitido en sus visas.
Sí se aprobaron, en cambio, la creación un muro de casi 1.000 kilómetros a lo largo de los 3.200 kilómetros de extensión en la frontera con México y numerosas iniciativas para reforzar el control de las fronteras.
Después de los ataques terroristas, se creó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en inglés), que generó una mayor participación de policías locales en la aplicación de leyes migratorias a través de programas como el 287(g) y Comunidades Seguras.