Característica personal muy nuestra, que apoderada se encuentra hasta los huesos del imaginario nacional, viene a ser, sin excepción, dejar todo a última hora. Ejemplos convincentes hay dondequiera, pasemos revista entre multitudes seguidoras de tal idiosincrasia vencedora, imposible hasta el momento de eliminar esa expresión conductual que deja mucho que desear.
Desde tiempos idos cobra presencia visible, circunstancia negativa muy necesaria de modificación, de un cambio mejor dicho, con solo voluntad, firme decisión de enderezar el entuerto. El espejo indudablemente del yo, reclama forzosamente el necesario y urgente cambio. Una voluntad con enjundia lo reclama y es factible de ser mediante decisión plausible de verdad.
Ya es tiempo de sobra enderezar los pasos cotidianos sobre señales correctas, dignas de encomio y aplauso sincero, a espera de continuidad por quienes siguen el buen ejemplo. Existen expectativas al respecto entre quizás acaso son la excepción puntillosa, poseedores de modificar esos saldos defectuosos, capaces en gran medida de apartarse seguros del montón.
Por lo tanto, año con año ocupan el escenario las repetidas «colas» en procura tardía para variar, de realizar diversos trámites engorrosos, a causa la fatídica expresión de: a última hora. Ejemplos abundan una y otra vez, tales como la presentación de la planilla del IVA. Carreras, apuros y molestias generadas por la dejadez manifiesta que les obsesiona.
No podríamos dejar en blanco, a inicio de año del trámite que consta la carencia de antecedentes penales, junto a la de antecedentes a título por supuesto de policíacos. En ambas circunstancias resulta obligadamente efectuar tediosas «colas», prolongadas desde madrugada, debido a la cantidad de solicitantes, pero con frecuencia en balde, como resultante de no haber sistema.
Incluso el caso relativo al pago del boleto de ornato, conlleva igual cantidad de solicitantes en el Palacio de la Loba, o bien en las correspondientes Minimunis. La invariable costumbre de actuar a última hora no deja escuela y convencimiento en el grueso poblacional. Por qué ser refractarios a eliminarla, es la pregunta del millón, cuya respuesta está lejos.
También origina el problema similar y los lamentables efectos desagradables la actualización de datos para la obtención y trámite de ley, atinentes al DPI. Aunque hoy en día esta dependencia ha multiplicado sus oficinas en diversas zonas capitalinas en procura de más facilidades. El público viene a ser remolón y vuelve a las andadas de actuar a última hora.
Somos así por generaciones diversas los guatemaltecos, pues ese remanente en menoscabo de la propia persona sigue vigente. Abiertos en algunos sentidos, verbigracia a la moderna tecnología imperante, misma que saca a relucir una predisposición ostensible de estar en sintonía. Hasta la gente menuda la maneja a sus anchas con evidente corrección. ¡Cambiemos rápido!