Pagar impuestos duele. Esto lo sabe cualquier persona que ya sea de manera directa o indirecta lo hace. Pero duele, igual, como lastima ser bueno, caritativo y solícito con el prójimo. Generalmente dar es un acto que inicialmente no es placentero. Exige desapego y generosidad y casi siempre no se nos educa en eso de compartir, menos aún en nuestros tiempos donde lo más importante es dejar atrás a la competencia, esto es, a todos los demás.
Pagar impuestos duele porque también no es un acto que proceda de nuestra iniciativa personal. Los impuestos son «impuestos» por otros y eso cae mal, afecta a nuestra hipersensibilizada exigencia de libertad y protestamos porque otros nos exijan ser generoso con el prójimo. ¿No podrán existir otros métodos? Nos preguntamos y generalmente no hay respuestas. Los impuestos están ahí y deben cumplirse so pena de ser castigados.
Duele pagar impuestos, no hay que negarlo y eso lo sabemos muchos. Pero particularmente se sufren cuando quienes lo reciben hacen fiesta con ellos. Cuando vemos a los diputados, por ejemplo, derrochando el dinero en París, en un hotel cinco estrellas de Antigua o simplemente cuando lo malgastan en celulares y gastos desmedidos en gasolina. ¿Cómo no va a doler? Se sienten mucho, también, cuando los mismos diputados quieren subirse el salario sin hacer mayor cosa los holgazanes.
Aún con todo, deben pagarse los impuestos. No hay que evadirlos pretextando su dilapidación. No nos engañemos, evadir los impuestos alegando su mal uso es esconder la verdadera razón de nuestro corazoncito: la falta de generosidad, el egoísmo. Ya lo sabemos todos, porque no se necesita ir a la universidad para aprenderlo, los que no quieren pagar impuestos o no lo pagan no son solidarios con los demás, el prójimo no les interesa y lo único que quieren es su propio bienestar sin tener que sacrificar nada. Son malos espíritus, pero además, protestones y quejumbrosos porque son los primeros en quejarse por la falta de seguridad, las malas carreteras, la ausencia de policías de Tránsito, de todo, pero sin querer contribuir en nada.
Lo que conviene con toda certeza es pagarlos y estar atentos en cómo se gastan. No simplemente pagarlos. Hay que vigilar, denunciar e impulsar un sistema que ponga tras las rejas a quienes se lo llevan sin ninguna justificación. Especial atención hay que poner al Congreso (vuelvo con ellos) porque son muchos y la mayor parte de ellos se miran voraces. No invento nada, ahí es donde se cocina por lo general el despilfarro del erario público. La prensa los ha denunciado con creces, pero parece que nada se puede hacer al respecto. El próximo gobierno debe poner atención al manejo de esos fondos.
El dinero de los impuestos debe administrarse con escrúpulo, sin tacañería, pero bien manejado. No se trata de pagar salarios de hambre a los trabajadores públicos (como se hace con los maestros, por ejemplo) o limitarles a ciertos empleados el pago de celulares y de gasolina, de lo que se trata es de rendir cuentas cabales por cada centavo invertido. Los impuestos, no deben dilapidarse. No es posible que se paguen salarios astrales a los consultores y asesores, mientras que a otros se les regatee hasta el azúcar en las oficinas.
Así, pues, lo malo no es pagar impuestos, contribuir solidariamente para que se inviertan en aquellos que tienen dificultades en salir adelante. El «pecado» es mal utilizarlos y permitir que se quede en el bolsillo de los vivos. Veremos si Colom tiene, como decía los anaranjados, «carácter» para sacudirse a estos cleptómanos.