A propósito de la Carretera a El Salvador


Con respecto a sus artí­culos al tema referentes al nombre «Carretera a El Salvador», creo comprender por qué causó tal revuelo, lo cual es interesante para un análisis periodí­stico, principalmente en lo referente a al esquema de la comunicación, la importancia de la retroalimentación y a la ubicación del mensaje, la cual en este caso se evidencia claramente que está en el receptor, ya que cada uno tomó el código y realizó la decodificación conforme a sus valores, cultura y entorno social.

Byron de León

De allí­ que algunos se manifestaron fuertemente en contra de su postura; sin embargo, yo no comparto el punto de vista de los detractores y también he sacado mis conclusiones. Primero, es evidente que el tema causó revuelo porque a nadie le gusta que hablen mal de su rancho o del sector donde vive, lo cual puede tener un origen que deberí­amos consultar a los antropólogos y sociólogos, ya que se ve, aunque no se puede generalizar, que los molestos son personas que viven en ese sector.

Es interesante ver cómo la gente se pronuncia comparando el nivel socioeconómico, o más bien comparando el supuesto ingreso económico que podrí­a tener una persona para vivir allí­, cuando quizás muchos aún estén pagando su rancho, otros la hayan heredado de sus padres que las compraron en mucho menos de la mitad que valen ahora y otros que viven a una distancia tan lejana de la capital que sus casas no son «tan caras» pero viven en ese sector. A esto habrí­a que agregar a quienes alquilan, es decir, que ni siquiera son dueños de propiedades, pero viven allí­.

Otra pregunta es ¿de dónde a dónde abarca «Carretera a El Salvador»? ¿Será a partir del paso a desnivel de la zona 15? ¿Será que llega hasta Barberena o hasta la frontera del vecino paí­s? Esto me parece muy interesante porque resulta que algunas personas, resalto ALGUNAS porque no son todas, que viven en San José Pinula, Santa Catarina Pinula y en Fraijanes también usan la casi muletilla «vivo en Carretera a El Salvador», sin tomar en cuenta que para llegar a sus hogares deben desviarse rumbo a los citados municipios.

Además, si realizamos un estudio inmobiliario, podemos encontrar viviendas en la ruta hacia el occidente y en el casco urbano con precios similares a los de la afamada zona, así­ como en las zonas 10, 13, 14, 15 y 16, por citar algunos ejemplos. Mas si nos basamos en los avalúos, las casas de mayor valor económico están precisamente en el centro metropolitano.

Ahora bien, si de nombres se trata, resulta que la ví­a en cuestión está nombrada como CA1 Oriente, ¿acaso no serí­a más cómodo llamarla carretera o ruta al Oriente?, considerando que más al norte se encuentra la carretera al Atlántico, cuya ubicación en el mapa nos refiere a la dirección nororiente del paí­s, mientras que la salida por la Aguilar Batres es Sur y por la carretera Roosevelt es Occidente. Es decir, no necesariamente debe ser el nombre de algún lugar, sino una orientación geográfica.

Es de no muchos alcances querer defender el nombrecito de «Carretera a El Salvador», pues las casas no se van a devaluar si se llamara de otra forma. Con esto no pretendo indicar que se deba cambiar el nombre, pero tampoco podemos meter las manos al fuego por nombrar algo que no nos representa beneficio si se denomina de tal o cual manera.

Volviendo a lo mencionado en el párrafo 2, también es importante para las personas que el lugar donde habitan tenga un nombre que nos guste, es parte de sentirnos cómodos con nuestro entorno, es por ello que las inmobiliarias dedican parte de su tiempo en pensar cómo llamar a sus nuevos proyectos, porque los nombres son parte de la atracción del lugar. De allí­ que muchos quizás sí­ alquilan o compraron casa sólo para decir que viven en «Carretera a El Salvador». Cito el ejemplo, a nadie le gustarí­a comprar una casa de Q1 millón en «Condado La Limonada», visto de manera impersonal, precisamente por la figura mental que se forma al mencionar el lugar.

Claro que aunque muchas personas sabemos que los términos Condado, Mansión, Condominio y similares a veces caen en lo absurdo, no podemos alterar las denominaciones aunque sólo nos alcance para comprar en «Paseo Las Nubes» (aclaro que cualquier alusión serí­a coincidencia, puesto que no conozco ningún lugar con dicho nombre). Pues si así­ le puso la constructora y debemos vivir con eso, no nos queda más que tomarle gusto a nuestro lar. Por exagerado que parezca, tampoco voy a estar buscando de lote en lote sólo porque el nombre me parece irreal.

Es decir, estamos dándole caracterí­sticas fí­sicas a elementos puramente mentales, precisamente por la carga psicológica y sociológica que representan las simples denominaciones. El problema no es que la ruta que dio origen al tema se llame «Carretera a El Salvador», sino que dicho nombrecito provoque un revuelto tal como si se tratara de un familiar muy cercano a quien están criticando, o peor aún, como si nos atacaran a nosotros mismos, de allí­ viene que serí­a un excelente tema para sociólogos y antropólogos.