A profundizar el debate



La proliferación de candidatos presidenciales en Guatemala dificulta la profundidad del debate polí­tico durante la campaña electoral porque la comunicación entre los aspirantes y el elector se distorsiona por el ruido permanente de propaganda que tiene muy poco de verdadero sentido polí­tico. Ahora, cuando se inicia la campaña para elegir en segunda vuelta entre los candidatos ílvaro Colom y Otto Pérez Molina, es importante reiterar la necesidad que hay de una discusión seria, respetuosa y al mismo tiempo firme, sobre las diferencias que hay en cada una de las propuestas acerca de la forma en que quieren y pueden conducir los destinos del paí­s.

Poco, por no decir nada, se ha dicho sobre el problema de la debilidad institucional de Guatemala y lo que ello significa en términos de comprometer la gobernabilidad, puesto que al carecer de instituciones con la solidez suficiente para responder a las necesidades de la población, la ciudadaní­a pierde confianza en sus autoridades y se generaliza una actitud de saltarse las trancas. No ve dentro de la institucionalidad la solución a sus problemas y cada quien impone su propia ley, su propia voluntad, lo que aumenta la anarquí­a y, por supuesto, generaliza la impunidad.

El problema de Guatemala pasa, sin lugar a dudas, por la ausencia de una estructura institucional eficiente y capaz de cumplir con los fines que la Constitución Polí­tica asigna al Estado. Ni siquiera en el plano de la seguridad se avanza porque no hay justicia pronta y cumplida, lo que alienta la comisión de delito. El concepto mismo de la mano dura, que sin duda resulta muy atractivo para grueso sector de la población, tiene que definirse claramente en su relación con la aplicación de la ley, puesto que de lo contrario se asimila a la actitud generalizada de la población que piensa que, cabalmente, es a puñetazos o con otros signos de violencia como se dirimen los conflictos en vez de someterlos a la majestad del orden legal.

Tampoco podemos pretender que con una promesa tan poco concreta como la de la esperanza se pueda construir la Nación anhelada. Si hay esperanza, la misma tiene que ser resultado de acciones concretas que marquen el inicio de la transformación de un paí­s que languidece sin rumbo ni dirección por falta de polí­ticas claras y de instituciones que las implementen.

En otras palabras, hay que pasar del eslogan a la propuesta, de la frase hecha a la idea concreta de cómo gobernar a un paí­s cuyo futuro se ve comprometido por la debilidad institucional y por el divorcio de la ciudadaní­a con las prácticas legales para normar la vida en sociedad, producto de la reiterada decepción que causa ver y comprobar que el sistema tiene fallas estructurales de gran envergadura.

Hora es, pues, del debate serio, firme y profundo. Entre dos ya no hay excusa que valga.