A mí­ no me invitaron ¿Y a usted?


Cuando supe que para el Gran Diálogo Nacional habí­an enviado más de 400 invitaciones, dije para mis adentros -a ver si ahora me tiran chibola.- Pero pasó el tiempo y nada en dos platos, otra vez me quedé con los colochos hechos, con tacuche, camisa, corbata, zapatos y hasta ropa interior limpia. Es que ya me hací­a estrechando las manos de tanto personaje importante que quiere, busca y ansí­a con fervor lo mejor para Guatemala. Pero, cuando me enteré de quienes habí­an asistido, se me quitaron las ganas. ¡No hombre!, exclamé, -¿cómo va a ser que en tan importante cónclave estuviera el famoso señor que propició el aciago Jueves Negro, como si con él realmente se pudiera dialogar? ¿De qué cuenta estaba aquel otro señor que desde que tengo uso de razón es candidato presidencial a pesar que sólo votan por él su familia y si mucho sus empleados bajo amenaza de despido? ¿Cómo es posible que hayan invitado a tantos con serios señalamientos de corrupción, deshonestidad y malos manejos de fondos públicos? Bueno, la verdad, es que vaya usted a saber cómo es que hacen esas invitaciones.

Francisco Cáceres Barrios

El discurso del presidente Colom me gustó. A la legua se le notaban sus buenas intenciones para que exista un diálogo permanente en que pueblo y gobierno solidariamente pudieran resolver tantos problemas que se han venido acumulando, hasta llegar a colmar la paciencia de la población. Por ello, es que hay gente como los vecinos en la zona 2 capitalina, que salen a la Calle Martí­ a bloquear el tránsito, ¿es que de qué otra manera les ponen atención a sus justos reclamos?

A mi se me antojó estar en ese mentado diálogo nacional porque me hubiera encantado compartir con los usuarios del transporte urbano para saber de sus experiencias, como de sus inquietudes para resolver que viajar en sus armatostes se haya vuelto un atentado a su integridad y la vida misma. Yo hubiera sido feliz conversando con los usuarios de los hospitales y centros de salud, para que me contaran el calvario que pasan cuando les dicen que no hay suficientes camas, que tienen que esperar un par de meses para que haya lugar en las atestadas salas de operación o que no hay medicinas, por lo que si se quiere curar, van a tener que ir a empeñar el terrenito. Me hubiera gustado dialogar con quienes se oponen a las exploraciones y explotaciones mineras, con quienes ven con tristeza cómo tantos frondosos bosques se han ido transformando en peladas montañas o con los deudos de tantos miles de personas que han sido asaltados para robarles el celular a plena luz del dí­a y en céntricos sitios, mientras los del Ministerio Público siguen siendo inútiles para cumplir con sus obligaciones y deberes.

Para eso, debiera convocarse un diálogo permanente en este paí­s. No para cruzarse miradas de mal oculto amor entre tantos politiqueros que siempre se aprovechan de cualquier oportunidad para salir en las fotos, riéndose a carcajadas del pendejo pueblo guatemalteco que no le queda otra que sentarse a la orilla de la banqueta para ver pasar el desfile. Porque no le tiran chibola, porque no lo oyen, no le ponen la debida atención. Me sigo quedando en las mismas preguntando ¿hasta cuándo? O ¿será que tendremos que esperar ¡otra vez! hasta dentro de cuatro años?