Es un viejo aforismo que los crímenes políticos nunca se esclarecen plenamente y el asesinato del Presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, no es la excepción pues para muchos en el mundo, el famoso informe de la Comisión Warren que “resolvió” el asesinato y responsabilizó a Lee Harvey Oswald como el único implicado, fue como para los guatemaltecos la publicación del célebre Diario del Soldadito con el que se pretendió culpar al soldado Romeo Vásquez de haber disparado contra el Presidente que había dirigido el movimiento para derrocar a Árbenz.
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Kennedy fue una figura icónica en esos años de mediados del siglo pasado; joven, casado con una hermosa mujer, miembro de una familia millonaria, héroe de la Segunda Guerra Mundial y con la habilidad y talento para explotar la televisión como el nuevo instrumento de la propaganda política, se sobrepuso a su fe católica que lo convertía en miembro de una religión minoritaria en Estados Unidos y a su falta de experiencia administrativa para derrocar al experimentado y marrullero Richard Nixon quien, como Vicepresidente de la administración de Eisenhower, se postuló por el partido republicano.
La prensa norteamericana hizo poco caso a rumores sobre los arreglos de Joseph Kennedy con Richard Daley, alcalde de Chicago, plaza fundamental para el triunfo apretado del joven senador frente al Vicepresidente en ejercicio. Tampoco hizo eco a los rumores sobre la vida privada del Presidente ni respecto al vínculo existente entre algunos jefes de la mafia con el padre del nuevo Presidente que amasó su fortuna en la época de la prohibición.
Kennedy ganó por poco, pero en cuestión de días, con el encanto de la nueva Primera Dama, escaló su popularidad a niveles extraordinarios no sólo en Estados Unidos sino en el mundo. Cada viaje al extranjero era una oportunidad para que el mundo se rindiera al encanto de la joven pareja y ni siquiera el fiasco de Bahía de Cochinos, proyecto en el que lo dejó embarcado la administración republicana y el alto mando de los servicios secretos y del Ejército de Estados Unidos, le hizo verdadera mella a su imagen que luego se vio catapultada también por Cuba cuando se vivió la célebre crisis de los misiles atómicos soviéticos que se instalaban en la cercana isla apuntando al corazón mismo del imperio norteamericano.
Sin titubeos y con el mundo al borde del colapso nuclear, Kennedy se apuntó un enorme triunfo al obligar al desmantelamiento de las plataformas de lanzamiento que ya estaban construidas en Cuba.
Enfrentado a poderosos sectores internos en Estados Unidos, entre ellos la industria del acero y la mafia, además de la sorda lucha que él y su hermano Robert libraban contra el todopoderoso John Edgar Hoover del FBI que le conocía los más íntimos y sucios secretos al Presidente, Kennedy se lanzó a la búsqueda de la reelección que parecía empresa más que sencilla. Fuera de Texas y especialmente la ciudad de Dallas, a donde Kennedy llegaba era objeto de aprecio, admiración y respeto.
Hoy hace cincuenta años, a eso del mediodía de Guatemala, estaba yo trabajando en el diario como lo hacía todas las vacaciones cuando el teletipo (máquina en aquellos tiempos novedosa y que internet puso mandó al olvido) empezó a sonar la campana de las alertas urgentes con el brevísimo mensaje: “Disparos en Dallas contra la caravana del Presidente Kennedy”, al que fueron siguiendo las ampliaciones minuto a minuto detallando que el mandatario había sido herido, que lo trasladaron al hospital y posteriormente que había sido declarado muerto. Imborrable el recuerdo de esa tira de papel que escupía el teletipo con la infausta noticia.
Hoy, medio siglo después el debate teórico es qué hubiera pasado si no matan a Kennedy y el debate fáctico sigue siendo sobre quiénes y por qué mataron a Kennedy.