A María Concepción Molina de Valladares (1909-2012)


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En horas crepusculares y con una hermosa luna llena, medio escondida entre las grises nubes, nos dirigimos el miércoles recién pasado junto a mi esposo Carlos-Rafael Pérez Díaz hacia la residencia de la familia Valladares Molina, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, para presentar nuestras más sinceras condolencias por el fallecimiento de su amada madre María Concepción Molina Rubio de Valladares y Aycinena que acaeció el martes 31 de julio de 2012.

Grecia Aguilera


Ha quedado en mi mente el recuerdo de esa última vez que la saludamos con motivo del cumpleaños de su hijo Luis Domingo. Al verla al día siguiente en su lecho decorado con rosarios de rosas rojas y blancas, la imaginé como una primorosa muñeca de porcelana, vestida así con un bello traje de fina organza de color beige, ornamentado con volutas diamantinas. Su rostro tierno como el de una niña, reflejaba la paz de su espíritu, la tranquilidad de su alma, la dulzura de su corazón, que me recuerda las últimas líneas que escribió Dante Alighieri cuando vislumbra el Paraíso y en las que expresa cuán insuficientes son las palabras para describir la luz eterna, la suprema luz del infinito, iris de iris, luz inteligente y entendida, que más allá de la fantasía es el vivo rayo de abundante gracia, los ojos de Dios amados y venerados. Sin duda, este soberano brillo celestial lo ha alcanzado Mariíta Molina de Valladares; ahora ella está en la infinitud del universo, se ha incorporado al espacio sideral, convirtiéndose su energía en una refulgente estrella. Nació un 26 de diciembre de 1909. Son innumerables los premios y galardones que recibió durante toda su vida. Mencionaré por ejemplo que fue “Condecorada Pontificia; Dama de Gracia y Devoción Cruz con Corona de la Soberana Militar Orden de Malta; Comendador de la Orden del Quetzal; Hidalga e Infanzona de Illescas.” Junto a su esposo Luis Valladares y Aycinena fueron durante muchos años embajadores en la Santa Sede. Recuerdo con gran regocijo las veces que mi muy querida Mariíta fue recibida en mi casa por mis señores padres don León Aguilera y María del Mar. Qué alegría era conversar con ella, en especial escucharla cuando declamaba sin interrupción, sin titubear y de memoria extensas poesías. Nunca olvidaré la celebración de sus magníficos 100 años. La tarjeta de invitación constituyó un refinado folleto que documenta dentro de sus hojas los nombres de cada uno de los miembros de la familia como si fuese un verdadero árbol genealógico. En la portada de dicho documento se reproduce un hermoso retrato de Mariíta en sepia, que encaja perfectamente con un fino y pulcro papel color champagne. Recuerdo también en esa ocasión cuando tan notable dama caminó con sus zapatillas de oro hacia el altar del templo de Capuchinas como si fuera un ángel orando en el silencio de las horas, en la alborada infinita de su extensa vida, sendero de razón y conciencia, solidez del minuto sempiterno, gozo eterno, poderoso y celestial. Saludo asimismo a Victoria Herrera, quien cuidó de Mariíta los últimos 20 años. Agradezco la amistad que siempre me ha brindado la familia Valladares Molina: Luis Domingo, María del Rosario, Lucía, Rodrigo y Acisclo, y también a sus amados hijos, a quienes les dedico mi poema titulado “Amistad en el tiempo” que dice así: “Amistad/ de ayer/ de hoy/ de siempre/ existe en el tiempo/ en este momento/ está contenida/ en un reloj sin agujas/ ciego/ que desconoce/ de la continuidad del mundo/ no marca el día/ no marca la hora/ y fija en un punto/ la eternidad de nuestras almas/ almas fusionadas/ en la naturaleza misma/ en el contorno de un cristal/ en el reflejo de las quietas aguas/ de un arroyo dormido/ que despierta en la inmensidad.”