El guatemalteco es poco franco para decir las cosas empleando su justo nombre. Y es que hace rato abandonó la práctica de hablar con la verdad cuando le contaron que aquí se han visto muertos acarrear basura, por ello es que prefiere hablar quedito, mientras cuenta, mirando para todos lados, que una vez comprobó que los chontes recibían pisto de los transportistas. De ahí, aunque nadie lo diga a voz en cuello, a los chontes les tenemos miedo. Pues mientras los uniformes, las insignias, las botas altas y la pistola nueva al cinto le costó al pueblo una millonada, muy poco fueron útiles para ganarse el respeto, admiración y mucho menos el sincero aprecio del pueblo o el temor de los delincuentes.
Los funcionarios responsables tampoco han hecho algo para que la gente los respete o para que se den a respetar. Muy chulas podrán haber sido las nuevas radiopatrullas negras con rótulos y franjas doradas, especialmente cuando las mantenían limpias, pero eso nunca restó que al ciudadano le provocara taquicardia pensando ¿con qué me irán a salir estos?, cuando los ve venir y la segunda reacción temeraria es cuando dice: -¡si me piden pisto los mando al carajo! De ahí que llevamos tiempo de tener el pobre concepto de que los chontes en Chapinlandia son incapaces, corruptos y poco confiables y encima de todo, abusivos.
Aseguro que la culpa siempre la han tenido los jefes, desde ministros hasta los últimos comisarios, fuera por indolentes o irresponsables o simplemente, porque han llegado a los puestos a ver cómo salen de pobres en el menor tiempo posible importándoles nada la seguridad ciudadana, mucho menos el respeto a la autoridad. Por ello aseguro que no podrá existir la tan ansiada seguridad mientras los chontes (sin utilizar esta expresión chapina de manera despectiva) no nos merezcan respeto y la consideración debida. Es que no es posible que sólo la Procuraduría de los Derechos Humanos tenga más de 900 denuncias contra los agentes policíacos del 2008 para julio del presente año y que la Inspectoría General tenga actualmente 73 casos en proceso de investigación, mientras el Ministerio Público había recibido hasta el mes de junio del 2010, 372 denuncias. Por ello, si algún chapín ve venir detrás suyo a una radiopatrulla, sirena abierta y las tamaleras echando luces por todos lados, nada extraño es que salga despepitado y no porque lleve drogas en el vehículo o vaya conduciendo con sus tragos entre pecho y espalda, sino porque sólo de verlos ¡nos tiemblan las canillas! Eliminar esta condición y circunstancia no se hace de la noche a la mañana. Sólo se logra a través de un largo y profundo cambio hacia el interior de la entidad sin comisionados, comisiones, discursos o dando charlas en las escuelas, sino asumiendo un mando enérgico, profesional y responsable ¿Hasta cuándo, Catilina?