Conocí al doctor Carlos Pérez Avendaño y a su esposa Lily, en los años sesenta, participando en el Movimiento Familiar Cristiano. Mi esposo Roberto y Carlos ya se conocían, porque en aquellos tiempos la Facultad de Medicina y Odontología compartían lo que hoy es el Paraninfo de la Universidad de San Carlos. Desde allí nació una larga y entrañable amistad, que cada día se fue haciendo más grande. Desde esos años, Carlos fue también nuestro médico.
No soy una escritora, pero no puedo resistir la necesidad de transmitir algo de mis sentimientos, ante la reciente muerte de Carlos, el día 24 de enero. Mismo día en que mi esposo cumplía cuatro años de muerto. Una coincidencia grande o casualidad, pero para mí muy significativa.
Consideré siempre a Carlos una persona muy especial, un gran médico que aunque no fuera un psicólogo de profesión, lo era con sus pacientes. Siempre se tomaba el tiempo para platicar y saber aquello que podría estar a la base de las enfermedades de quienes confiábamos en él, como médico.
Mi esposo sufrió una larga enfermedad, fueron años duros y desgastantes, tanto para él como para mí y mis hijos. Pero Dios nunca nos abandonó, ya que fue durante esos años en que los verdaderos amigos, que permanecieron cerca de nosotros y que se podían contar con los dedos de las manos, que constatamos que los ángeles existen y los vimos y sentimos muy de cerca de nosotros.
Casi todos fueron médicos y amigos que nos mostraron su gran calidad humana. Podría enumerar muchos nombres, pero no quisiera olvidar a ninguno de ellos, porque para todos guardo una inmensa gratitud y reconocimiento.
Pero hoy quiero referirme a lo que Carlos y Lily fueron para nosotros durante esos años… Como médico y amigo siempre venía los sábados a mediodía, para ver a mi esposo. Se hacía acompañar de Lily, para que ella me acompañara. Antes de venir me llamaban y me decían que no hiciera almuerzo, porque ellos traerían algo para compartir con nosotros, además de la botella de whisky, que traían de cuando en cuando, para que nos tomáramos un par de tragos.
Era increíble la alegría que nos traían, pero en especial a Roberto, a quien su compañía le hacía levantar el ánimo. Mientras tanto Carlos el Médico, observaba el proceso de su paciente, ya que siempre antes de irse me comentaba como lo había encontrado. Durante esos muchos años contestó mis llamadas telefónicas de buena manera, aunque los momentos de emergencia fueron muchos. Solo oír su respuesta me daba siempre mucha tranquilidad, por la fe que como médico le tenía. Todo esto fue una constante hasta la muerte de Roberto.
En los días de Navidad, los fui a visitar, y Carlos me dijo: «Me acompañas a tomarme un trago», «Por supuesto que sí», le respondí, sabiendo que quizá ese día sería el último en que compartiríamos esa alegría.
No podía dejar pasar estos momentos, para hacer partícipe a Lily, sus hijos, nietos y demás familia, de mis sentimientos de agradecimiento hacia Carlos, porque indudablemente fueron sus actos de humanismo y generosidad, tan poco comunes en estos tiempos, los que me inspiraron a escribir algo que les transmitiera el cariño y admiración que siempre sentí por un gran ser humano que indudablemente, con su darse a sí mismo, trascendía su profesión de médico, haciendo vida un verdadero cristianismo, al ver el rostro de Jesús en su prójimo.