He sido el primero en criticar los procedimientos que entrampan la modernización, desarrollo y progreso de nuestro país y lo seguiré haciendo, pero ello no involucra pasarse encima de la ética, valores, principios y buenas costumbres, mucho menos la legalidad, para alcanzar tan valiosos objetivos. ¿Habrá alguien que le disguste contar con un puerto de lo más moderno del mundo en nuestras costas?
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Se necesitaría tener más de un tornillo flojo para discutir que uno o más de ellos resultarían beneficiosos para mejorar el movimiento de nuestras importaciones y exportaciones. Pero eso no justifica que cualquiera, empleando subterfugios, se sienta con la autoridad de otorgar concesiones sobre el uso de nuestro territorio.
Me consta, no me lo contaron, la eficiencia de puertos marítimos norteamericanos, japoneses, coreanos y de tantos más que son motores del progreso y desarrollo en sus respectivos países, ¿por qué entonces podríamos ser tan miopes para no contar al menos con uno de ellos? ¿Será tan difícil hacer las cosas bien, en orden, siguiendo principios y acatando las leyes?, ¿Si un proyecto es factible y beneficioso para la población por qué no lograr primero la complacencia de la población aprendiendo a vendérselo? Sí, así como se oye, en política promover y lograr la aceptación de las mayorías es fundamental, aunque bien sepamos que siempre surge alguien que por prurito o por intereses creados le lleve la contraria.
Estoy plenamente convencido que una de la principales causas que causan el entrampamiento, desarrollo y progreso de un país es precisamente negarse a hacer las cosas como la lógica, la técnica, la legalidad y los principios demandan. Sin caer en malos pensamientos, sino con el afán de hablar las cosas tal cual son ¿no es verdad que cuando hay algo oscuro o detalles inconvenientes a divulgar, se hacen las cosas debajo de agua, pero al nomás asomarse a la superficie hacen explosión? Si tan bueno, bondadoso y productivo resultaría el proyecto de hacer un nuevo puerto para el país, una extensión al actual o tan solo un acondicionamiento ¿por qué ocultarlo hasta esperar que alguien, con mala leche, como decimos en buen chapín lo saque a luz?
No, caprichosamente se volvió a aplicar el refrán: “a golpe dado no hay quite”. Contra el negocio entre Puerto Quetzal y el Consorcio TCB español no hay oposición por prurito o terquedad, tampoco se está limitando la modernización, mucho menos se pretende restarle competitividad a la nación. Simplemente no debe, ni se puede, ocultar un negocio de tal magnitud. Lo que se hizo, fuera por torpeza, incapacidad o mala intención, fue dejarle caer una avalancha de lodo y piedras, una de tantas que en época lluviosa también destruyen nuestros caminos y carreteras. Nuestros políticos no aprenden, se dejan llevar por asesores malintencionados o son tantos los intereses creados que los hacen ir contra la corriente. Ahora, pagarán las consecuencias.