A favor de la legalidad


La Cumbre del Grupo de Rí­o abandonó su agenda y se centró, como era de esperar, en el tema más candente de los últimos años para la región latinoamericana. Ecuador planteó la situación derivada del ataque a su territorio perpetrado por el Ejército de Colombia y se inició un intenso y rico debate sobre el asunto. Por un lado Ecuador, contando con el respaldo expreso o tácito del resto de paí­ses, condenado de acuerdo a la Carta de la OEA la agresión cometida y por el otro Colombia, en absoluta soledad porque en la Cumbre no estaba su único aliado, Estados Unidos, reconociendo haber violado las normas del derecho internacional, pero tratando de justificar la acción equiparando el derecho a la integridad territorial y respeto a la soberaní­a con el derecho a no ser ví­ctimas de ataques de grupos terroristas.


Importante fue señalar que no hubo un paí­s que avalara la acción del presidente Uribe, porque de una u otra manera se tuvo presente que lo ocurrido a Ecuador podrí­a sucederle tarde o temprano a cualquier paí­s del Continente y por ello era consistente el reclamo para que se condenara la acción. Desde luego que hubo matices, porque se fueron definiendo bien bloques y desde los más radicales en el respaldo a Ecuador, representados por los gobernantes de Venezuela, Nicaragua, Bolivia y en buena medida Argentina, se llegaba a los más conciliadores, menos firmes y propositivos, entre los que estuvo nuestro presidente Colom, pasando por aquellos que hicieron aportes importantes como la mandataria chilena, el gobernante de Honduras y su colega panameño.

Al final, Uribe que ya habí­a reconocido la violación de la soberaní­a de Ecuador, terminó cediendo a la presión y pidió disculpas y gracias a los buenos oficios del Presidente de la República Dominicana, anfitrión y además presidente temporal del Grupo de Rí­o, se produjo el acto final de distensión cuando se dieron la mano Correa y Uribe y posteriormente cuando lo hizo el Presidente de Colombia con el de Venezuela.

Es importante retomar el punto de los acuerdos que se habí­an alcanzado a finales del año pasado, cuando se estaba avanzando en la negociación para el retorno de varios rehenes y de pronto Colombia varió su polí­tica. Algunos creen que hubo interferencia de alguna gran potencia que vio con temor el papel protagónico que estaba jugando Chávez y lo que ello podrí­a significar para impulsar una especie de liderazgo continental del enemigo número uno de Washington, quien ha desplazado al mismo Castro como objetivo fundamental de la polí­tica norteamericana hacia América Latina.

Creemos que fue importante el intercambio directo entre los Presidentes y el tono mesurado que hubo a pesar de los fuertes señalamientos formulados. Creemos que hay que reconocer, sobre todo, que esta vez Chávez fue uno de los más serios, menos histriónico que de costumbre, y con un discurso en el que era evidente que pensaba cada una de las palabras para no aumentar la tensión, planteó la necesidad de volver al diálogo que él y Uribe tení­an antes de que se rompieran los acuerdos para liberar a los rehenes.

Obviamente la solución de ayer en Santo Domingo es un paso en el camino correcto, pero todaví­a no resuelve los problemas derivados de la desconfianza mutua. Por un lado Colombia sigue pensando que Venezuela y Ecuador dan asistencia y hasta ayuda económica a las FARC, mientras que los gobernantes de esos paí­ses sienten que Colombia abandonó su propia hoja de ruta por presiones externas que enturbian la relación continental. Pero la firmeza de la comunidad latinoamericana para defender el principio de la soberaní­a tuvo un efecto crucial que supera el logrado por la OEA a principios de semana.