Barack Obama se mantiene firme en los sondeos luego de cien días en la Casa Blanca, mientras los estadounidenses se siguen debatiendo en la recesión más severa desde los años treinta.
Al menos 73% de los norteamericanos, 46% de ellos republicanos, tienen una opinión favorable de su presidente, según una encuesta del Pew Research Center publicada al acercarse la fecha simbólica de los 100 primeros días de gestión.
El puntaje del presidente en referencia a su trabajo conoció asimismo una ligera alza en abril a 63% contra 59% en marzo. En esta misma etapa de gobierno en 2001, su predecesor George W. Bush gozaba de un crédito de 56%. Bill Clinton obtuvo igualmente 56% en 1993.
Además de sus buenas notas, Obama conserva tropas de militantes dispuestos a movilizarse a la menor ocasión. Los voluntarios demócratas de «Organizing for America» (OFA) reunieron así a comienzos de abril 642.000 declaraciones de respaldo al presupuesto del presidente.
Con un déficit presupuestario récord estimado en 1,845 billones de dólares (13,1% del PIB) para 2008-2009, un astronómico presupuesto para 2010 de 3,6 billones y un masivo plan de relanzamiento de 787.000 millones, los norteamericanos podrían mostrar señales de impaciencia.
Pero la popularidad del mandatario no se ha visto alterada; los estadounidenses al parecer se mantienen convencidos de que Obama no hizo más que heredar la actual situación económica.
El Congreso no puede decir lo mismo, con 34,3% de opiniones favorables contra 59% de opiniones desfavorables a comienzos de abril, según el sitio web RealClearPolitics, que estableció un promedio entre varios sondeos.
El voto a favor de los miles de millones de dólares del plan de relanzamiento de la economía, reclamado en realidad por Obama, explica en parte las opiniones desfavorables de los contribuyentes.
La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, defendió esta semana el primer balance y renovó su respaldo a Obama. «Estoy muy orgullosa de los logros que se han conseguido», declaró.
«La luna de miel no se extenderá sin duda más allá de 2010 (fecha de las elecciones legislativas, ndlr), pero los demócratas no pueden perder el control (del Congreso). Deberían incluso ganar escaños en el Senado, tanto si Obama tiene 60% como 40%» de opiniones favorables, sostuvo Larry Sabato, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Virginia.
Sin embargo, los poderosos aliados demócratas de Obama en el Congreso no esperaron a los 100 días para hacer oír sus diferencias.
En el Senado, unos quince legisladores centristas considerados «moderados», con el liderazgo del senador Evan Bayh, se hizo notar recientemente al manifestarse contra los gastos emprendidos por el gobierno.
«La duplicación de nuestra deuda nacional, la amplitud de nuestro déficit, más grande que el tamaño de nuestra economía, eso no es viable», dijo Bayh en declaraciones a periodistas.
Los moderados esperan asimismo manifestarse contra el proyecto de ley sobre el calentamiento climático. Los demócratas de la región del Medio Oeste industrial, entre ellos el senador Bayh, estiman que las limitaciones de emisiones de gas carbónico previstas van a penalizar a sus estados.
Por su parte, los republicanos luchan por no ser vistos como el «partido del no» por su falta de respaldo al programa legislativo del presidente.
«Tenemos mejores soluciones», repiten sin convencer a sus conciudadanos.
Según una encuesta CNN/Opinion Research Corporation de mediados de abril, la cuota de confianza en Obama por su gestión de la economía (58%), representa más del doble de la cuota de confianza en los republicanos del Congreso (24%).
Barack Obama esbozó en sus primeros cien días en la Casa Blanca una nueva relación de Estados Unidos con América latina, pero según analistas se necesitará mucho pragmatismo de ambas partes para lograrlo.
En tres meses, Obama viajó a México y a la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, prometió una nueva política migratoria, levantó restricciones a los viajes o al envío de remesas a Cuba y entreabrió una puerta con La Habana.
«Aún en un período de tiempo tan corto, la relación entre Estados Unidos y América Latina ha cambiado, fundamentalmente para bien», dijo Michael Shifter, analista político del Diálogo Interamericano.
Según el experto de ese organismo independiente con sede en Washington, el anuncio del cierre de la prisión en la base naval de Guantánamo (Cuba) y el diálogo incipiente con Cuba o Venezuela, fueron señales claras de cambio.
«Al admitir que medio siglo de política de Estados Unidos hacia Cuba fracasó y que es necesario un nuevo comienzo, Obama también hizo mucho para demostrar que su gobierno habla en serio cuando habla de cambios».
«Pero tal vez la novedad más notable sea con México, que ha pasado rápidamente al frente de la agenda política en Washington», dijo Shifter. «Hay mucha más atención a México que antes, y el reconocimiento de que la política antidrogas también ha fracasado fue también muy bien recibido en la región».
Brasil sería el otro polo importante para Obama, por su importancia no sólo como potencia regional, sino por su papel en el ámbito multilateral global.
Una de las diferencias más importantes entre Obama y su predecesor republicano George W. Bush es precisamente que el presidente demócrata no divide al mundo –incluyendo a América Latina– entre amigos y enemigos.
«Para Bush, por ejemplo, el presidente colombiano Alvaro Uribe era el «bueno» y el venezolano Hugo Chávez «el malo». Obama se preocupa más por los intereses de Estados Unidos».
Según Shifter, ese pragmatismo «explica su apretón de manos cordial con Chávez en la Cumbre de las Américas, que no debe confundirse con debilidad».
Christopher Sabatini, director del departamento político del Consejo de las Américas con sede en Nueva York, es más escéptico, tanto sobre el impacto de los «gestos simbólicos» de Obama como acerca de la voluntad real de América latina de superar cuestiones ideológicas para impulsar una nueva relación.
«Está por verse cómo todo esto puede trasladarse a los actos», comentó Sabatini, decepcionado por el resultado de la Cumbre de Trinidad. Según él, la cuestión cubana y Chávez volvieron a monopolizar la agenda del continente.
«Por su silencio, dejaron que Cuba y Venezuela dominaran la cumbre», dice Sabatini. «Los latinoamericanos –dice– antes se quejaban de que Bush los veía bajo el prisma de Cuba, y ahora ellos le están haciendo lo mismo a Obama».
Según el analista, «América latina ha evolucionado, tiene actores globales con intereses pragmáticos, incluyendo comercio, energía, migración, seguridad y narcotráfico, pero que terminan cediendo al mínimo común denominador: Cuba.»
Una buena ilustración de esa nivelación fue probablemente el momento más comentado de la Cumbre, cuando Chávez regaló a Obama el libro del uruguayo Eduardo Galeano «Las Venas Abiertas de América Latina».
Publicado en 1971, el ensayo es desde entonces considerado un libro de culto de la izquierda de América latina e impugnado por sus detractores como «La Biblia del idiota» por achacar el subdesarrollo de la región al colonialismo español o al imperialismo de Estados Unidos.
Según Sabatini, Obama, nacido en 1961 y perteneciente a una generación posterior a la de los «baby-boomers», «es más pragmático, post-ideológico, pero le dieron vuelta las cosas y le presentaron una cumbre vista desde Cuba».
«No creo que Obama se haga ilusiones de que las diferencias fundamentales con cierto número de países, sobre todo Cuba y Venezuela, vayan a desaparecer simplemente gracias a su personalidad o a su nuevo estilo de hacer política, por novedoso y atractivo que resulte», opinó Michael Shifter.
«Obama –advierte el analista– reunió un equipo de política exterior duro y realista, y va a ser prudente en su enfoque. A menos que Chávez cambie su conducta, tanto en política exterior como en sus prácticas antidemocráticas internas, es difícil que haya un acercamiento».