Para las eras históricas 40 años es muy poco tiempo. Pero justamente cuatro décadas han transcurrido desde el asesinato del pastor bautista Martin Luther King, el dirigente negro de los derechos civiles que encabezó un amplio movimiento contra la segregación racial en Estados Unidos, hasta el triunfo del senador Barack Obama, postulado por el Partido Demócrata, hijo de un padre originario de Kenia y de una madre de raza blanca oriunda de Kansas.
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Hace tan sólo 40 años, los negros norteamericanos, especialmente del sur, tenían prohibido sentarse al lado de los blancos en autobuses urbanos, sus hijos sólo podían asistir a escuelas reservadas para negros y ni siquiera tenían la posibilidad de utilizar los baños públicos.
Al finalizar la guerra civil en Estados Unidos, el triunfo de las fuerzas abolicionistas encabezadas por el presidente Abraham Lincoln causó la desaparición de la esclavitud y el reconocimiento del negro como ciudadano; pero la posterior reconciliación entre sureños y norteños se logró sobre la base de redefinir el lugar de los estadounidenses de color, devenidos en «ciudadanos segregados», cuyos vulnerables derechos civiles y políticos eran inferiores a los de los blancos.
No fue hasta en la década del sesentas del siglo XX, cien años después de la Guerra de Secesión, cuando se empezó a desmantelar el sistema segregacionista, impulsado por el movimiento de los derechos civiles, y el Estado federal adquirió mayor relevancia como garante de los derechos de las minorías.
Como lo señala Enrique Patterson, columnista del Nuevo Heraldo, a pesar de la representación política de los negros, su integración a la vida económica y social fue impuesta a la fuerza por medio de ordenanzas presidenciales, teniendo como resultado el surgimiento de una sociedad más diversa e integrada, también, por otras minorías; pero se daba por descontado que un negro jamás podría alcanzar el cargo político más alto de Estados Unidos… y del mundo.
La elección de Barack Obama rompió -precisa Patterson-, y ahora no a la fuerza, la última barrera cultural del racismo de la sociedad norteamericana, a la vez que el abanderado del Partido Demócrata realizó una campaña en la cual su discurso no se centró en la raza como factor determinante, aunque la mayoría de sus compatriotas y aun fuera de Estados Unidos sabían que ese era el gran tema que se ventilaba en la conciencia de los electores.
Indudablemente, la victoria del senador Obama es la culminación de uno de los ascensos políticos más espectaculares en la historia de su país, puesto que sólo logró captar la atención en el ámbito nacional norteamericano en 2004, cuando, como miembro de la legislatura del estado de Illinois, pronunció un impactante discurso en la Convención Nacional Demócrata. Poco después, conquistó en las urnas un escaño en el Senado de Estados Unidos.
Sin embargo, los analistas políticos y los mismos dirigentes del Partido Demócrata le concedieron escasas o nulas posibilidades cuando se lanzó a la carrera presidencial hace casi dos años, fundamentalmente porque tenia como rival en las elecciones primarias a la senadora Hillary Rodham Clinton, la favorita de la dirigencia nacional demócrata. Pero tras su sorpresiva victoria en la primera de la serie de elecciones internas y asambleas partidarias a escala estatal, logró crear un movimiento de base que le permitió obtener el número de delegados suficientes para consagrarse como candidato presidencial del Partido Demócrata.
Al celebrar su victoria la noche del mismo martes -día de las elecciones-, ante una multitud de cientos de miles de sus partidarios en Chicago, su ciudad adoptiva, el senador Obama enfatizó al decir que «el cambio ha llegado a Estados Unidos».
Pareciera que el sueño que tuvo Martin Luther King se ha convertido en realidad para los negros norteamericanos, aunque falta conocer si el futuro presidente de la gran nación del norte también velará por los derechos postergados de los hispanos.
(El indocumentado Romualdo Tishudo Jr. estando en Arizona escucha a un negro indigente lamentarse ante un opulento hombre blanco: -Tengo, hambre, tengo frío, tengo sed… El dirigente republicano admirador de John McCain le reconviene: -Si tiene de todo ¿de qué se queja?).