El 29 de diciembre se conmemora oficialmente el fin del conflicto armado interno. Uno de los aspectos más interesantes que se analizan con motivo de esta fecha siempre es que las causas que originaron el conflicto armado siguen sin resolverse.
En esa línea hay un aspecto que sigue teniendo vigencia, y es el análisis de lo que genera violencia en la actualidad y aquellos focos de violencia que acaecidos, sólo en el presente año.
La Comisión para el Esclarecimiento Histórico definió que lo que originó la lucha armada en el país fue la injusticia estructural, el cierre de los espacios políticos, el racismo y la profundización de una institucionalidad excluyente y antidemocrática.
En la actualidad, la desigualdad de ingresos y de oportunidades de alcanzar un bienestar, hecho que sigue afectando a mayorías excluidas como los pueblos indígenas, el rechazo a sus opiniones y decisiones, como ocurre con las consultas populares, entre otra serie de aspectos, son hechos que siguen reflejando que no se avanza en aquello que originó la guerra.
Lo que parece que sí ha cambiado es la estrategia del poder político y económico para atenuar los brotes de violencia. Con ofrecer soluciones a los problemas, hay diálogos, fondos para proyectos, nuevas entidades públicas. Pero también sutilmente se cooptan líderes, se inyecta temor en las comunidades de que se repita lo ocurrido en la guerra, y se ponen a grupos en contra de otros, y hacen que se pierda el horizonte a seguir -aunque en ello también hay responsabilidad de los grupos sociales-.
Como resultado de esta situación, durante el año han ocurrido hechos, donde la tensión social ha subido de tono como lo ocurridos en San Juan Sacatepéquez, por la instalación de la planta cementara, y en Lívingston Izabal por la criminalización del liderazgo campesino que estaban disputándose la tierra con grandes propietarios de fincas.
Acciones como la retención de cuatro turistas belgas en Izabal, y la muerte de un comunitario en San Juan, del que se dice intermediaba entre opositores y promotores de la cementera (hecho cuya responsabilidad no está esclarecida), reflejan que pese a las estrategias políticas para administrar el descontento social, todavía hay brotes de violencia, y sigue siendo producto de la no resolución de los problemas estructurales que afectan a la mayoría de la población.
Y como en la época de la guerra, el Estado y el poder económico se limitan a satanizar las acciones de esta población, tildándolos de terroristas, y así colocan una cortina de humo ante la responsabilidad que éstos tienen en el origen de estos conflictos.
La violencia es responsabilidad de la ambición de unos pocos, del hambre, la desigualdad, la injusticia, la desesperación social y de la falta de respuestas por parte del Estado a estos problemas; pero también es culpa de nuestra indiferencia. Asumamos el papel que nos corresponde.