Mañana se celebra en el mundo, por muchas personas, el día del cariño. Para las personas que nos encontramos en la tercera edad, surcando los días, sin una persona que sea nuestra compañera, como es mi caso, ese día es como la letra de un tango: “tiempos pasados y ausentes que no volverán…”
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Ello no implica que no podamos cerrar los ojos y mentalmente regresar al pasado, a la juventud y a los años en los que sentíamos el cariño y la sensación que produce tomar la mano de la persona amada, dormir y despertar a lado de alguien que sabíamos era nuestra compañera, en quien podíamos confiar y saber que estaría a nuestro lado compartiendo el día a día, las alegrías y las tristezas que todos tenemos en el devenir del tiempo, en la buenas, en las malas, en enfermedad o cárcel.
Sin embargo, igual que le sucede en todo los países del mundo, tanto al hombre como a la mujer, por circunstancias predecibles e impredecibles, por acciones u omisiones físicas y emocionales, podemos llegar a estar en la soledad y en el vacío de un cariño que nos acompañe y se preocupe de nuestra necesidad en el andar del día a día.
En todo caso, es menos doloroso estar solo sabiendo que tuvimos años en los que fuimos queridos, comprendidos, apoyados y acompañados. El estar en la tercera edad nos permite ponderar haber disfrutado del cariño de nuestros progenitores. El amor recibido de nuestra madre aún antes de nacer es el cariño que suele ser incondicional, se inicia desde la concepción y concluye hasta que Dios decida darle término y fin a la existencia de esta persona que lo brinda todo, sin condición y sin reclamo. Asimismo, el amor de nuestro padre es como el de un guardián, de un ángel protector que trabaja y produce para dar el bienestar y la oportunidad que nos permita volar y desarrollarnos en el camino de la vida.
Continuando con las consideraciones sobre el cariño, nos encontramos con el cariño o amor que conlleva la venida al mundo y el desarrollo de la vida de cada uno de nuestros hijos, es un cariño en el que como padres damos, devolvemos lo que de nuestros progenitores hemos recibido, con suerte aumentamos la cantidad de cariño y amor que entregamos y como padres sabemos que queremos a nuestros hijos con la misma intensidad, aunque no con las mismas manifestaciones.
Si bien el cariño es ilimitado, en esta etapa de la vida que posiblemente pronto deberá de concluir, el cariño más dulce, el cariño más tierno es el que sentimos y prodigamos hacia nuestros nietos. Qué espontaneidad la que tenemos cuando vemos a un nieto recién nacido, cuando le escuchamos sus primeras palabras, cuando observamos sus primeros pasos, seguimos su inicio, su desarrollo como ser humano, en la escuela, en los deportes, en el vivir en su conjunto.
En la vida hay mucha riqueza, mucha satisfacción, pero sin duda alguna el cariño es el que más produce alegría y vivencias incomparables. Por ello, en este día 14 de febrero, miremos a nuestro alrededor y sin problemas al despertar agradezcamos a Dios por el cariño que hemos recibido e independientemente de nuestra condición individual, manifestémosle a nuestros seres amados, presentes y ausentes, nuestro testimonio y recuerdo por el cariño, por el amor que en un momento de ellos recibimos y sin limitaciones digámonos a nosotros mismos: “He amado, he sido amado, Dios me dio y por ello tanto el 14 de febrero como el resto de mi vida estoy agradecido por la ternura de una mano, el calor de un beso. En resumen, por el cariño y el amor que se me ha dado y que continúo atesorando y sintiendo como producto de los años que he vivido.