El mito de la escritura


Eduardo-Blandon-Nueva

Hay una especie de ficción, tanto de quienes trabajan en los centros de estudios superiores como desde cierta opinión popular, que induce a pensar que los docentes universitarios tienen capacidades múltiples intelectuales que los hace versátiles y capaces casi de cualquier cosa en el ámbito académico.  Por ejemplo, no es raro creer que un catedrático, por definición, pueda escribir y expresarse cual literato de primer orden.

Eduardo Blandón

 


Falso.  La experiencia demuestra más bien que los profesores que escriben se cuentan con los dedos de la mano.  El talento para expresarse, como el de la música o cualquier arte en general, no es un don que Dios haya repartido a granel, con la generosidad típica de una divinidad buena.  Más bien, el talento de la escritura está distribuido sin lógica alguna.  Se encuentran escritores, como músicos, pintores y actores, por ejemplo, en cualquier parte.  No exclusivamente en los centros de estudios o en talleres de expresión. 
 
            La escritura se perfecciona con el ejercicio y si algo no se practica en las academias es esto.  Ni los profesores tienen ganas de dejar ensayos, narraciones o trabajos de investigación, ni tampoco saben corregir, ni tienen tiempo (dicen) esos grandes rollos de los estudiantes.   En conjunto se quejan de que los jóvenes no saben escribir, es sintomático, en esto hay una especie de “consensus universalis”, pero ellos tampoco destacan en habilidades de expresión literaria.
 
            Tengo fresca en la memoria una experiencia que demuestra lo anterior.  Decidimos hace años, desde La Hora, fundar un suplemento de corte humanístico.  Pensaba que una reflexión quincenal sobre temas filosóficos, pedagógicos y teológicos sería interesante para los lectores, la idea era salir del aburrimiento de las noticias cotidianas.  Como tengo acceso a mis amigos intelectuales, creí que la cosa iba a ser miel sobre hojuelas.  ¿Y qué cree?  Todavía estoy esperando las notas de alcance astral que me prometieron los sabios de las universidades.
 
            Los pretextos fueron abundantes y de escasa creatividad: no he tenido tiempo, lo tengo pero… ¿cómo te lo envío?, estoy trabajando en ello y un largo bla, bla, bla, que me hizo pensar que el “maremágnum” mental de mis colegas era imposible ordenarlo en un papel.  Eso sí, son muy puntuales los amigos en quejarse de “la dificultad de escribir en periódicos, revistas y editoriales en general”.  Uno de ellos me asegura que tiene una novela terminada, pero nunca le he visto ni un micro cuento. 
 
            Creer entonces que un profesional, en este caso un docente, por el hecho de serlo tiene habilidades para escribir es un mito espectacular. Las autoridades académicas deberían renunciar a la ficción de exigir a sus profesores que investiguen y escriban porque en general es un talento mal distribuido en el mundo.  Eso sí, siempre hay algunos benditos del cielo (en este campo, digo yo) a los que se les puede pedir más y hacerlos producir.
 
            Otra cosa será, pero esto es materia de otra reflexión, la forma en la que se escribe: el tono, la elegancia, la fluidez, el gusto… en general la estética de la escritura.  Hay escritores y escritores.  Desde autores con textos oscuros, abigarrados, ilegibles y planos, hasta obras exquisitas que nos seducen desde la primera línea.  Pero ya hablaremos de ello otro día.