Al César lo que es de él


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El tema, o más bien controversia, por los impuestos es muy añeja; no es extraño, pues, que poco a poco diferentes sectores de la población -sobre todo grupos de poder, que, adjudicándose ser los “portavoces de las clases medias”-, están empezando a sacar las uñas en contra de la propuesta presentada por el Gobierno.

Mario Cordero Ávila
mcordero@lahora.com.gt

 


Claro está, que la percepción ciudadana, y que podría reforzar la oposición de grupos de poder, es que los impuestos son como meter dinero en saco roto, sobre todo por la corrupción, la malversación y la poca calidad del gasto. Por ello, fue muy importante que el actual Gobierno y Congreso se hayan metido de lleno, a menos de un mes de haber asumido sus puestos, a conocer y aprobar la Reforma Fiscal, ya que si se deja al tiempo, el desgaste y los escándalos políticos socaban la confianza del ciudadano.

Pero el tema, como había dicho, es muy añejo y complejo. Me permito recordar que el tema de los impuestos fue, incluso, motivo de controversia en tiempos de Jesús. Los fariseos, que ya intentaban hacerlo perder poder y perjudicar su imagen pública, le preguntaron frente a una multitud si se debía pagar impuestos.

La pregunta era muy maliciosa, porque tenía una artimaña escondida, que Jesús supo identificar. No por nada, antes de responder, dijo: “¿Por qué me tentáis, hipócritas?” Sin embargo, la respuesta pareció ser muy contundente, ya que los fariseos no se atrevieron a replicar, y los ciudadanos no malinterpretaron el mensaje.

La versión popularizada de esta respuesta remite que Jesús pidió una moneda, y mostrando el rostro del César, preguntó quién era él; y tras una respuesta, aparentemente coreada por el público, dijo: “Pues den al César lo que es el del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 13-17).

Esta respuesta ha sido muy discutida, sobre todo porque se considera que está mal traducida, y que ha dado pie a fundar teorías sobre la doble autoridad (Estado-Dios), muy aceptada en la Edad Media para fundamentar que el ciudadano debía obedecer por igual a ambas jerarquías, sin cuestionar el conflicto del doble poder.

Pero, digresión aparte, esta frase no es más que otra de las malas traducciones, y que aún se discute sobre las verdaderas palabras que Jesús dijo. Para curiosidad de los lectores, otros pasajes que aún son discutidos son la maldición de la higuera sin frutos (ya que parece poco creíble que Jesús hubiera maldecido al arbusto cuando no era tiempo de cosecha de higos), o la parábola de los talentos (en la cual Jesús reforzaría un fundamento del capitalismo, sobre quien invierte lo poco, se le dará más, pero quien no aprovecha lo poco, se le quitará).

Volviendo a los impuestos, en una posible traducción de la frase sobre el César, Jesús habría dicho “Den al César lo que es del César, y al pueblo de Dios lo que es del pueblo de Dios”. No es tan descabellada esta traducción, ya que usualmente, en la mayoría de religiones, la figura simbólica de la deidad se equipara a la del pueblo; por ejemplo, aquella frase latina que rezaba “Vox pópuli, vox Dei”, igualando la voz del pueblo a la de Dios.

En esta traducción, Jesús se habría librado muy bien de los fariseos, que intentaban poner una doble trampa, ya que si respondía que había que pagar impuestos, lo acusarían de aceptar la imposición romana; y si respondía que no había que pagar, lo acusarían de rebeldía ante el Imperio. Con ello, dejó satisfechos tanto al pueblo que lo escuchaba, como a los soldados romanos, que seguramente custodiaban esa actividad pública.

¿Cómo lograr ese difícil consenso, entre pueblo y poder? ¿Acaso los fariseos de antaño son comparables con los diputados y “empresarios” que se oponen hoy día a pagar impuestos, y que dicen hablar en nombre de las “capas medias”?

Con la primera parte de la frase, “Dad al César lo que es del César”, Jesús estaría reconociendo una necesidad de un orden de la administración pública, centralizando su figura en una persona, como sería el Emperador Romano. Desde el paso de las comunidades nómadas a las sedentarias, se estableció la necesidad de una tributación administrada en una figura central de poder para atender las necesidades de la comunidad, y que sería muy oneroso que cada familia (o tribu) pudiera costearlo por sí misma, como la seguridad, la construcción de graneros, o programas contra la hambruna o sequías.

Pero con la segunda parte de la frase, “den al pueblo de Dios lo que es del pueblo de Dios”, Jesús estaría también dando un mandato a los gobernantes, de que los impuestos no sirven para hacer acrecentar el poder de los poderosos, sino que todo ello debe ser devuelto en obras y servicios. Y para ello, Jesús estaría criticando también la práctica habitual, a lo largo de la historia de la Humanidad, de la corrupción, y que los impuestos casi nunca son de beneficio para la ciudadanía en general.

Supongo que una versión actualizada, es decir la frase dicha en estos tiempos, Jesús estaría de acuerdo en que el César (es decir, el poder político) devuelva los impuestos con beneficios, y para ello se necesitaría erradicar la corrupción, la malversación, el clientelismo y la poca transparencia. Además, sería imprescindible que la burocracia, el nepotismo y los altos salarios injustificados del sector público, sean erradicados, porque los gastos de funcionamiento no debería ser lo más costoso del Presupuesto, porque ello impide que se dé al “pueblo de Dios lo que es del Pueblo de Dios”.

Es decir, en otras palabras, en una traducción del siglo XXI, Jesús estaría diciendo: “Hay que pagar impuestos, pero mejoren la calidad del gasto y eliminen la corrupción”.