En Estados Unidos se produjo ayer una tremenda conmoción por el trágico desenlace de un drama familiar. Josh Powell se mató y mató a sus dos hijos pequeños al pegarle fuego a la casa en que habitaban que explotó en un voraz incendio. Hace dos años, en la noche del fin de semana entre el 6 y el 7 de diciembre del 2009, Josh Powell dispuso de pronto ir a acampar con sus dos hijos, a media noche y en medio de una fuerte nevada, dejando a su esposa Susan en la casa de la familia en West Valley City, estado de Utah.
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Esa fue la versión que Powell dio a la Policía porque al día siguiente, cuando volvió de acampar, denunció que su esposa había desaparecido, dando lugar a una serie de rumores sobre el destino de la mujer. Por supuesto que se convirtió en principal sospechoso de la desaparición y cuando descubrieron manchas rojas en una alfombra que había sido limpiada, dijo que antes de desaparecer su mujer había querido remover las manchas. Acusaron a la mujer de haberse ido con algún hombre y pronto surgieron serias discrepancias entre las familias de Josh y de Susan. Al poco tiempo se movió de Utah para dirigirse al poblado en el estado de Washington en el que ambos crecieron y en entrevistas repetía que su esposa se había vuelto inestable emocionalmente.
El caso es que agobiado porque sus niños, según medios de prensa norteamericanos, empezaban a hablar más de la cuenta sobre lo que ocurrió la fatídica noche de diciembre cuando fueron a acampar, eso preocupó al padre, especialmente luego que los abuelos maternos obtuvieron una orden judicial que les asignaba la patria potestad de los niños. Josh, dicen esos medios, se empezó a sentir acorralado porque la investigación continuaba su causa y había muchos elementos que se conjugaban en su contra.
Al recibir a los dos niños que llegaban a una visita controlada con trabajadoras sociales, los metió a la casa rociada con gasolina y le pegó fuego. La muerte de los tres, padre y dos niños, no pudo ser evitada por las explosiones que ocurrieron casi inmediatamente.
Anoche, viendo este drama, pensé en las obvias similitudes que pueden plantearse con lo que hemos atestiguado en Guatemala y pensé que pareciera un aviso para pedir, para suplicar y clamar a la familia Barreda que ayuden a salvar a Roberto y María Mercedes, los dos niños cuyo paradero se desconoce. Justamente ayer escuché un fragmento de la entrevista a la licenciada Beatriz Ofelia de León de Barreda y me impresionó cuando dijo que su hijo no cree en el sistema de justicia de Guatemala, mismo del que su madre y su padre han sido parte prominente durante muchos años. Me llamó la atención que nunca usó una frase cariñosa para referirse a sus nietos. Siempre dijo “los niños”, no obstante que siempre llamó a su propio hijo Roberto en la entrevista.
No quiero sonar dramático ni amarillista, no quiero agregar más pena a la que ya tienen los involucrados en este drama, pero sí quiero pedir y suplicar a los familiares de Roberto Barreda que hagan todo lo que está en sus manos para garantizar y salvaguardar la vida de Roberto José y María Mercedes. Que entiendan que de ellos depende impedir que se produzca una nueva y mayor tragedia por una reacción desquiciada de quien no cree en la justicia y no ha tenido el valor y entereza de enfrentar las acusaciones. Nadie más que los familiares del señor Barreda y quienes le han asistido en su fuga pueden garantizar la vida de los dos niños y es urgente que lo hagan.