El constante error de los políticos


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A lo largo de la historia hemos podido observar cómo el político cambia de actitudes y se adapta según sea el momento. Su discurso se modifica al tono de lo que el auditorio quiere oír, a sabiendas que el micrófono y el papel aguantan con todo. En una palabra, su meta es engañar.

Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt

 


Esa ha sido una constante en la humanidad entera y nosotros no nos escapamos. En la era “democrática” desde Vinicio Cerezo al día de hoy, ese método de que la tarima y los anuncios son capaces de albergar lo que mejor suene para conseguir votos sigue vigente.
 
Alfonso Portillo no tuvo empacho en reconocerlo, aunque justo es decir que no ha sido el único en engañarnos porque todos alimentan la esperanza de los guatemaltecos a base de mentiras, bien intencionadas a lo mejor en algunos casos, pero al final del día con cosas que nunca se realizan una vez alcanzado el poder.
 
Pero que ello se repita tanto no quiere decir que sea correcto o que debamos seguir siendo presa de la misma fórmula. Y traigo a colación lo anterior, porque nunca he entendido cómo es que el político que sueña con ser un estadista no intente el cumplimiento de sus promesas, con el afán de cambiar al país y pasar a la historia, pero más importante, construir un liderazgo sobre el cual la gente sienta que vienen tiempos mejores y con ello se asegure el apoyo político más importante: el de la población.
 
En campaña se ofrece seguridad, empleos, salud, educación, transparencia y cuanta cosa se le ocurra. Claro está que de 15 muertos al día es imposible pasar a 5 fallecidos en 3 semanas, un sistema de salud que ve morir a sus pacientes por negligencia o los atiende de manera deficiente por años, no cambiará de la noche a la mañana y así abundan los ejemplos.
 
Pero el político sí tiene la oportunidad de abanderar una lucha que puede ofrecer resultados rápidos con voluntad y el reto está en el tema de la transparencia y combate frontal a la corrupción. Y ahora que se discute la reforma fiscal, creo que el Presidente ha dejado pasar una oportunidad de oro para abanderar su propia cruzada contra la corrupción y exigirnos a los guatemaltecos que cerremos filas a su alrededor en tal causa. Ha perdido una oportunidad para ser diferente a los otros políticos.
 
Claro que aún falta ver qué pasará en marzo, pero es que Guatemala ya no aguanta más y lo que se puede y debe hacer hoy, no se debe dejar para mañana. 
 
¿Quién no estaría con el Presidente si nos ofrece que él se enfrentará a la corrupción pasada y futura y nos los demuestra con hechos? No la mayoría, pero estoy seguro que mucha gente pagaría un poco más a gusto sus impuestos si saben que se lo están pagando a un Estado liderado por una mano dura e intolerante con la corrupción.
 
Y en este caso, al Presidente no le favorece su pasado y sus entornos. Pérez Molina no puede decir que desconoce los entretelones del poder, no puede esgrimir que no tiene el poder suficiente y la habilidad para lograr consensos.  De ajuste tiene una Vicepresidenta que no puede decir que desconoce cómo funciona el Congreso pues sabe a la perfección quiénes han bloqueado desde hace mucho tiempo las leyes en favor de la transparencia. Ella ya le exigió al Gobierno anterior muestras claras de la transparencia y calidad de gasto y se quedó esperando.
 
Y es triste ver la realidad porque en caso pase la reforma fiscal, los diputados, contratistas, financistas y demás poderes fácticos y ocultos comprometidos con la porquería actual de las cosas, harán hasta lo imposible para que la mayor cantidad de recursos que puedan existir se manejen sin un marco legal claro y categórico para enfrentar el mal de la corrupción que es tan dañino como la inseguridad.
 
La corrupción y la falta de transparencia matan de hambre, nos condenan por la falta de preparación de los nuestros, nos entristecen por las precarias condiciones que generan y nos condenan a seguir siendo un país sin oportunidades. La corrupción y la transparencia necesitan de una mano dura pero sobre todo comprometida. Todavía está a tiempo, Presidente.