¿Ha visto usted la calidad del llanto de un niño que se revuelca caprichoso en el suelo? Algo así me parece a veces el sector privado (muchos de ellos) cuando con muchos mocos en la nariz se expresan en público sobre el tema fiscal. Son un show, patalean, gritan y quieren ser el centro de atracción. Son esos niños a los que se les asusta sólo con una palabra: impuestos.
Pero, claro, son niños grandotes y malosos, pícaros, algunos incluso tramposos. En su propósito firme de no pagar nada al Estado a quien juzga de ladrón y corrupto, se les olvida que ellos también son parte de la podredumbre y que son los primeros en llegar puntuales cada cuatro años a querer mamar de la teta mayúscula del erario público. Son niños no sólo malcriados, sino egoístas y perversos, oportunistas, llenos de mañas.
En su afán por conseguir su objetivo, este ñoño patrocina a plañideras para que tanto desde la radio, la televisión y los medios impresos hagan coro en su lagrimeo espectacular. Entonces ahí tiene a los seudointelectuales repitiendo los 365 días del año la misma antífona salmódica: pagar impuestos es injusto, un robo, un atentado a la libre empresa, un latrocinio, el gobierno es derrochador, corrupto, ineficiente, demasiado grande y además antidemocrático.
El nenuco, acostumbrado a ser escuchado por papá, tiene la ficción de que también el Estado tendrá misericordia de su rabieta. Y tiene tanta suerte que regularmente este papá flojo le hace caso y cumple cual Pigmalión los deseos del niño tonto. Así, no sólo se sale con la suya, sino que da alas a su capricho y alimenta su estratagema infantil. Suficiente para repetir sus caprichitos cada que alguien le recuerda que debe proceder de manera distinta.
Así nos hemos pasado toda la era democrática. Desde 1986, subir los impuestos ha sido un verdadero vía crucis. Quizá desde antes, pero arbitrariamente tomo ese año como referencia. Nadie llora tanto como el sector privado (muchos de ellos, insisto). Y, paradójicamente, nadie paga menos impuestos que ellos. Parece un juego, basta pronunciar la palabra maldita para que ellos salten, están programados.
Y no hay argumentos que los haga cambiar. Primero, porque no están acostumbrados a razonar, he dicho que son niños, ¿no? Y segundo, porque al tierno obeso nunca le enseñaron a compartir sus juguetes. Es un egoísta de antología. Siempre quiere más para él y SOLO para él. Nació fallado y el código horroroso que lleva en su organismo, su ADN, lo impulsa ciegamente a acaparar y atesorar dinero.
Evidentemente, a veces finge caridad, pero es parte de su estrategia para salirse con la suya. Si fuera por él no habría Bono 14, vacaciones ni consideración alguna para los trabajadores, a quienes juzga de vividores, faltos de inteligencia y siempre envidiosos de sus tesoros. En su imaginario, todos confabulan contra su pecunio y son portadores de revoluciones por pura frustración de no ser igual a ellos.
Con todo y su llanto mentiroso y fingido, son los que más piden al Estado. Puntualmente solicitan buenas carreteras, leyes a su favor, seguridad y privilegios. Son mezquinos y mendicantes al mismo tiempo. Pertenecen a la cofradía de los hermanos siempre solicitantes, son los hijos insatisfechos del país y los que menos contribuyen a mejorarlo.
Ya es tiempo que papá Estado comience a ignorarlos o darle sólo la atención justa que necesitan. Como a niños malcriados, hay que ignorarlos, dejar que se revuelquen en el piso… hasta que superen la rabieta.