Cuestiones sobre Estado y gobierno


Luis_Enrique_Prez_nueva

El Estado no es el gobierno, ni el gobierno es el Estado. El Estado es la comunidad polí­tica que, como tal, comprende a gobernados y gobernantes. Podemos suponer que los gobernantes prefieren la máxima sumisión de los gobernados; y que los gobernados prefieren la máxima libertad. Hasta podemos suponer que los gobernantes prefieren la tiraní­a, o gobierno no sometido a ley alguna; y que los gobernados prefieren el libertinaje, o libertad no sometida a ley alguna. ¿Cómo lograr la compatibilidad óptima entre suficiente poder del gobernante y máxima libertad del gobernado?

Luis Enrique Pérez

 


Si el gobierno es necesario para procurar el bien del Estado, no puede ser un mal necesario, porque semejante mal no podrí­a provocar semejante bien. El gobierno tiene que ser un medio para procurar el bien del Estado, aunque puede provocar el mal, y hasta el peor de los males del Estado.  ¿Qué debe ser y cómo debe ser el gobierno para procurar el bien del Estado?
   
    Oponerse a un mal gobierno no es oponerse a que haya gobierno, del mismo modo que oponerse a ingerir un mortí­fero alimento tóxico no es oponerse a ingerir alimentos. Podemos afirmar, por ejemplo, que buen gobierno es aquel que cumple las funciones que se le han adjudicado para que procure el bien del Estado. ¿Cuáles debe ser esas funciones?
   
    El mejor gobierno no es aquel que menos gobierna, del mismo modo que la mejor medicina no es aquella que menos cura. El mejor gobierno tampoco es aquel que más gobierna, del mismo modo que la mejor medicina no es aquella que cura tanto que mata al enfermo. La cuestión no es que el gobierno sea pequeño o sea grande, sino que posea el “tamaño” óptimo para cumplir idóneamente las funciones propias de su naturaleza.  ¿Cuál debe ser ese “tamaño”  óptimo?
   
    El gobierno no debe ejercer el poder del Estado para transgredir el derecho de la mayorí­a, y satisfacer el interés de la minorí­a; pero tampoco debe ejercerlo para transgredir el derecho de la minorí­a, y satisfacer el interés de la mayorí­a. El derecho no debe ser derecho de una mayorí­a o de una minorí­a, sino derecho del ciudadano sólo porque tiene la calidad jurí­dica de ciudadano. ¿Cómo impedir que el poder del Estado pueda ser ejercido para transgredir el derecho de mayorí­as o de minorí­as?
   
    No hay intereses públicos sino sólo funciones públicas desempeñadas por ciudadanos que tienen inevitables intereses privados. Los gobernantes tienen, por consiguiente, intereses tan privados como los intereses de los gobernados; pero hay una cuantiosa diferencia: los gobernantes pueden ejercer el poder del Estado para satisfacer ilí­citamente sus intereses privados. Entonces es sensato temer que quienes gobiernan propenderán a ejercer el poder del Estado para procurar ilí­citamente su propio y máximo beneficio, aunque causen los peores males que el Estado mismo puede sufrir. ¿Cómo lograr que esa propensión provoquen el menor mal posible?
   
    Quienes gobiernan no necesariamente son los más inteligentes, o los más aptos, o los más honestos para gobernar. Pueden ser los más imbéciles, los más ineptos, o los más deshonestos; pero sólo en el ejercicio mismo del poder del Estado pueden delatar esa imbecilidad, esa ineptitud o esa deshonestidad. ¿Cómo impedir que los gobernantes imbéciles, ineptos o deshonestos prosigan en el ejercicio del poder del Estado, aunque hayan sido electos democráticamente?
    Post scriptum. El peor vicio civil de un pueblo es tolerar un mal gobierno. La mejor virtud civil es derrocarlo. Someterse a un mal gobierno jamás será mejor que rebelarse hasta aniquilarlo.