La llegada de un nuevo gobierno, tal como señalé en mi artículo anterior, abre espacios para pensar en formas y alcances diferentes que justamente mejoren el estado de cosas en un país, incidan en las relaciones de poder y se materialicen cambios concretos en las relaciones sociales. Principalmente, estas expectativas resultan positivas para un nuevo régimen, en la medida que ese espíritu se mantiene por un espacio de tiempo que permita visualizar efectos o cambios significativos en la actuación y resultados concretos en su gestión.
En el caso de este gobierno, cuenta a su favor, con la salida de un gobierno que terminó mal su gestión, en donde únicamente engañó a diferentes sectores sociales, políticos y ambientales; no pudo o no quiso materializar cuestiones que resultaban fundamentales para su gobierno y para la sociedad como el pacto fiscal; el rostro maya del gobierno se quedó en símbolos de publicidad y poco o nada en resultados concretos y se evidenció una infiltración permanente de la corrupción en diferentes instancias llegando hasta la propia Cancillería.
Por ello, este espacio de tiempo le resulta oportuna al nuevo equipo de gobierno, en donde se observa ciertamente una actitud más seria y celeridad en la atención de determinadas problemáticas como el caso de la reforma o actualización tributaria; la visita a cada ministro o secretario por parte del Presidente y su Vicepresidenta, también es una muestra de pretender llevar una agenda de gobierno coordinada.
Dentro de este contexto, las expectativas se tornan mayormente exigibles por parte de la sociedad y sus diferentes actores, por lo que el actual régimen debe moverse con celeridad, pero con precisión con respecto sus alcances o resultados inmediatos, para conseguir mantener una ola positiva en relación con su gestión. Un elemento que resulta crucial en este esfuerzo se refiere a la relación que existe entre la identificación clara de la problemática; los instrumentos para su atención y solución y los resultados concretos que se esperan alcanzar.
Un grave error, propiciado principalmente por los ofrecimientos de campaña, se centra en presentar resultados que adicionalmente se desglosan en indicadores de cumplimiento, que al final resultan difíciles de alcanzar o que no dicen mucho de las raíces o de la araña tejida alrededor de situaciones como la violencia criminal, que en la actualidad ha crecido en términos de sus alcances delictivos como la extorsión -de dueños de buses a negocios de barrio-; de asesinatos de pilotos; de secuestros; robo de vehículos; robo de propiedades, sicariato y otros; y que se señalan resultados como: “… reducir un 20% la violencia, frase lanzada por el actual Presidente; o bien “vamos a enfrentar el narcotráfico†emitida por el Ministro de la Defensa; y si bien producen un sentimiento de alivio, este resulta efímero cuando se destacan los magros resultados obtenidos con posterioridad.
En el caso de la violencia, se presentan deficiencias metodológicas que no permiten generar un buen resultado. Por ejemplo, un buen diagnóstico de la problemática que vaya más allá de describir sus síntomas, buscando desglosar las múltiples interrelaciones que ocurren en su interior y los alcances que la misma presenta al interior del propio Estado; el crecimiento por espacio geográfico, por materia delictiva y por efecto de vinculaciones con el crimen organizado y el narcotráfico, así como la infectación de las instituciones de seguridad; es fundamental para partir de una base más clara de la esencia del fenómeno violento y sus distintas vinculaciones.
Otro de los grandes defectos de estos planteamientos centrados en resultados es que adolecen de condiciones serias en materia de instrumentos o herramientas específicas para enfrentar determinadas problemáticas, primero por un diagnóstico lineal y basado en síntomas; cuando la realidad es compleja, dinámica y multilineal y, segundo, por presentar los resultados antes de desarrollar esquemas o instrumentos de intervención apropiados para efectivamente golpear o incidir en el centro del esquema criminal.
Empezar por los resultados es equivocado, además, que hipoteca las posibilidades serias de un trabajo adecuado de diagnóstico e instrumentación. La sociedad demanda resultados, pero también se debe comprender que estos llegan en la medida que las etapas previas se hacen con seriedad y se articulan por medio de equipos e instrumentos adecuados. No cabe duda que el ejercicio de gobernar no resulta una labor fácil, ni mucho menos lineal.