Mis primeros recuerdos de ella se remontan a los años cincuenta cuando era la esposa de Rodolfo Martínez Sobral, quien fuera el mejor amigo de mi padre. Madre dedicada, mientras su esposo destacaba como uno de los políticos jóvenes de la época, la Mila se encargó de la numerosa prole y pocos años más tarde, en tiempos de Peralta Azurdia, quedó en situación extremadamente difícil tras la muerte del padre de sus hijos, víctima de una fulminante leucemia que se lo llevó en poco tiempo. Tengo muy claro el recuerdo de la noche en que aterrizó un avión de la Fuerza Aérea que venía de Houston con Chon moribundo, y su posterior traslado al viejo hospital militar donde murió en cuestión de horas.
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Con el tiempo volví a ver a la Mila ya militando con todo el vigor en las filas de la Democracia Cristiana en donde, junto a Liuba su hija, se ganaron el respeto y admiración de toda la dirigencia, primero, pero especialmente de las bases de la organización por su forma de trabajar con ellas, de entregarse a una causa en la que creyeron ardorosamente.
Mujer de armas tomar, la Mila fue en muchos sentidos la voz de la conciencia que tanta falta hacía cuando llegaron al poder los democristianos, puesto que en medio de la juventud de los funcionarios y la inmadurez de muchos de ellos, siempre era la voz de la Mila la que llamaba al orden, a la reflexión oportuna porque no tenía pelos en la lengua ni fue, jamás, aduladora y zalamera. Firme en sus creencias y convicciones, pero más comprometida aún con sus principios y valores, siempre la consideré como el faro moral que tanta falta hacía en esos tiempos y lamenté mucho que los nubarrones de la soberbia e incompetencia ocultaran su clara luz para aprovechar la oportunidad de ser verdaderamente constructores del modelo democrático que el país necesitaba.
De todas las facciones de la Democracia Cristiana la buscaban porque todos sabían que tenía enorme autoridad moral y que se caracterizaba por esa enorme franqueza que fue, junto a su buen juicio y talento político, característica suya. Los almuerzos en la casa de Mila eran siempre una oportunidad para pasar revista a la situación del país y para profundas reflexiones sobre lo acontecido y sobre lo que nos hacía falta. En los últimos años era notable su convicción de que íbamos por el rumbo equivocado, que la transición a la democracia que tanto nos ilusionó a todos en 1985 se había desviado terriblemente desde aquellos años, como resultado de la putrefacción institucional generada por una corrupción que va en constante aumento y que es la principal sangría de los recursos del país.
Poca gente he conocido con tanta claridad para ver el panorama y con tanto amor por Guatemala, tanta frustración por la forma en que se iban dando los acontecimientos, porque sabía perfectamente que no era esto lo que había buscado con tantos años de dedicado esfuerzo y trabajo para construir un proyecto político que fuera realmente alternativa, que marcara la diferencia y permitiera el inicio de una modernización del país con base en la lucha por el bien común, la justicia y la equidad.
Vivió tan de cerca el fracaso que siempre lo tuvo muy claro. No era mujer de rencores y mantuvo su amistad estrecha con los viejos militantes, aunque ocasionalmente les recordaba su responsabilidad.
Yo la admiraba por esa entereza política, pero más que eso la sentía como parte de mi vida por aquellos recuerdos de la infancia y con mi mujer la quisimos muchísimo. No era una amiga, sino parte tan fundamental de esos recuerdos antañones que entraba en la categoría de familia. Hoy siento muchísimo su muerte y a sus hijos, a quienes quiero como hermanos, les manifiesto mi dolor, mezclado con el gusto de haber tenido el privilegio de quererla tanto.