Tengo el agrado de conocer personal y superficialmente a la periodista Patzy Vásquez desde hace muchos años, incluso, antes de que se iniciara en el campo de la información internacional televisiva, de suerte que no me extrañó que el nuevo gobernante la haya escogido, en primera instancia, para ocupar la titularidad de la Secretaría de Comunicación Social de la Presidencia de la República, cargo que, a la larga, provoca decepciones y enemigos, salvo que se tenga el inmoral propósito de enriquecerse ilícitamente por medio de comisiones que personeros de agencias de publicidad están prestos a ofrecer a cambio de obtener contratos vinculados a sus empresas.
Sin embargo, conforme los días transcurrieron corrió el rumor que la ya veterana corresponsal en Guatemala de la cadena de televisión CNN, en su versión en español, se resistía a aceptar el ofrecimiento del presidente Pérez Molina, a quien le había sugerido algunas condiciones, como el hecho de dividir la Secretaría en dos secciones, una de las cuales estaría al frente la señora Vásquez, como vocera presidencial, y la otra rama tendría distinto responsable, encargado de la publicidad del Gobierno y asuntos administrativos.
Finalmente, la periodista Patzy Vásquez, probablemente sin conocer su enunciado, tomó en consideración un principio que aplican a menudo los integrantes de una comunidad de apoyo mutuo que sentencia que “lo bueno es enemigo de lo mejorâ€, y optó por permanecer más tiempo al lado de su hija y del resto de su familia, que asumir un cargo público muy bien remunerado, pero con complejos compromisos que la obligarían a dedicar la mayor parte de su tiempo a esas responsabilidades y sólo pequeños lapsos al compartimiento con su chica y otros parientes.
Además, continuará sus actividades como corresponsal de la citada agencia internacional de noticias, funciones que ha venido desempeñando con eficiencia y eficacia durante cerca o más de dos décadas y que, presumo, le deja muchas satisfacciones.
Esta decisión de la periodista Patzy Vásquez es un caso raro porque estamos acostumbrados a que políticos, profesionales de diversas disciplinas y enriquecidos empresarios se disputen altas posiciones gubernamentales, muchos de ellos sin el menor espíritu de servicio. Al contrario, afanados en obtener ingresos ilegítimos y desprovistos de cualquier ligero barniz de honestidad y decencia.
Casos como el referido son un ejemplo en lo que respecta a anteponer elevados deberes familiares a vanos intereses pecuniarios y a posiciones burocráticas que, además, son pasajeras y propicias al hostigamiento, la envidia y el celo de serviles y ambiciosos que suelen rodear a mandatarios de cualquier jerarquía moral.
Por supuesto que también se ha visto a guatemaltecos, sobre todo en áreas académicas, artísticas y educativas, que han sacrificado sus relaciones familiares en aras del servicio público honorable, pero son casos excepcionales.
(El holgazán Romualdo Tishudo, quien tranquilamente espera que el nuevo Gobierno le dé un chance, me comenta -Hay que huir de las tentaciones… pero despacio, para que lo puedan alcanzar a uno).