La imagen digital y los medios informativos


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Con el anuncio de la bancarrota de la multinacional KODAK, en su paí­s de origen e Inglaterra, se termina el fin de un imperio fundado en 1888, con sede en Rochester, Nueva York, Estados Unidos de América y que fue el sí­mbolo más visible de la popularización de la imagen impresa, que capturaron por medio de simples y amigables, hasta sofisticadas cámaras fotográficas, las que congelaron en el tiempo los instantes más elocuentes de la vida del mundo del siglo XX, como en ningún otro momento de la historia de la Humanidad.

Ramiro Mac Donald

 


Esa desaparición, conlleva un funeral mayor: la fotografí­a en blanco y negro, un verdadero arte que quedará para el olvido. ¡Le damos la bienvenida al mundo de la fotografí­a digital! ¿A ver cuántos años reinará esta nueva tecnologí­a? Y esta triste noticia, nos hizo recordar el controversial texto titulado “Vida y muerte de las imágenes”.

El autor, es nada menos que Regis Debray, filósofo y escritor francés, que estuvo en América Latina, como amigo de lí­deres revolucionarios,  en la década del 70, en su trabajo como periodista y ensayista.  Este francés dí­scolo, en los últimos años centró su trabajo en la elaboración de una teorí­a general acerca de la transmisión cultural y de los medios de comunicación, que es conocida como Mediologí­a. En ella habla de la “Regencia Mediática” y expone que los medios de información asumen un papel protagónico en la construcción de la realidad. Por supuesto, esta posición es criticada por los sectores conservadores, pero tiene mucho peso en los sectores que estudian cómo se construye la imagen.
 
Debray ha publicado más de 30 libros y señala con gran acierto que el poder de hoy, ha cambiado rotundamente, pues antes estaba concentrado en las fuerzas parlamentarias (el Congreso o la Asamblea Nacional) y ahora se diluye en distintos escenarios, entre estos, movidos o agendados por los medios informativos. La agenda polí­tica es hoy efí­mera, móvil e individualista, indica Debray. Esto genera una disfunción polí­tico-social, porque los sectores polí­ticos y también otros (sociales, culturales, empresariales, diplomáticos y hasta religiosos, etc.,) quieren agradar a cualquier costo a los medios y para seducirlos, les entregan acciones espectaculares que son efí­meras. Como ejemplo, la subida al volcán de Agua, que costó a los guatemaltecos un enorme sacrificio y solo algunas personalidades tuvieron acceso a los informativos. Los volcanistas, verdaderos protagonistas del evento, fueron considerados como parte de una cadena de anónimos seres, a quienes no se les dio relevancia. A este fenómeno Debray lo llama “histerismo mediático”, porque vivimos el tiempo de los medios, del cine, de la Internet, del cine, del teléfono en plena convergencia medial, como un flujo permanente de comunicación. Es el vaivén de la imagen digitalizada.

El polí­tico de hoy se coloca a la misma altura que el espectador, dice Debray. Solo mira y actúa si está la Prensa; piensa solo en el show, en lo espectacular, si va a salir en las noticias de radio, en el periódico de mañana o en el noticiero de la televisión de la noche. O en el programa de resumen de noticias del sábado. O en la revista del domingo. O en el portal de cualquier informativo, en Internet. Se ha banalizado la importancia de comunicar, piensa Debray. Todo da lo mismo. No se jerarquizan los temas. Reitera, como muchos otros comunicólogos, que estamos viviendo la sociedad sobrecomunicada, no informada. Hay una pérdida de contenido vital, de importancia. Se ha perdido esa capacidad de asombro, por el exceso de noticias de violencia, por ejemplo.

Y la imagen, esa imagen digital, que ya no sabemos si fue retocada o cambiada totalmente por la gran calidad de los programas, es degradada por el efecto de saturación, pues se repite una y otra vez. Nuestros sentidos están saturados y cada dí­a es otra jornada más para observar imágenes terribles. Lo erótico igual que lo sagrado o lo violento, actúan (los tres elementos) sobre la imagen por igual, pues al saturar nuestros sentidos, pierden su valor. Por eso, es cada vez más alto (en valor, en fuerza) el contenido que el receptor exige de este mundo de imágenes. Igual con los escándalos polí­ticos, que con las escenas de violencia. La polí­tica, igual que el deporte: todos sabemos que es un gran negocio y que los actores principales solo llegan para ser famosos y ricos. Y en medio, tenemos un Estado estéril que no puede “atentar contra la libertad de expresión”. Pero esa hipercomunicación está haciendo daño, mucho daño. Algunos sectores conservadores consideran que es mejor una sociedad sin polí­tica, que todos seamos apolí­ticos, cuando eso es una perversión del sistema, porque no quiere ciudadanos crí­ticos, sino solo consumidores pasivos.  Ellos son los responsables que las propuestas de control que plantean destacados miembros de la sociedad civil, se desvaloricen. Y entre tanto, seguimos en el consumo irracional de imágenes y más imágenes. ¿Cuántas de ellas han sido degradadas antes de su proceso de transmisión? El mundo digitalizado, lo facilita… al extremo.