Como en todas partes, aquí, en Guatemala, existe buena y mala prensa. Al hablar de mala prensa podría pensarse en aquella que tiene en sus filas faferos, la amarillista, la venal, la que es instrumento de venganza por parte de sus propietarios o trabajadores que la utilizan para desacreditar o envilecer a una persona o institución por motivos personales o intereses comerciales, la que destaca lo que le conviene y oculta lo que va contra de sus intereses, etcétera.
La buena prensa, pues, por allí está, y puede contarse con los dedos de la mano, es ecuánime, trata de ser imparcial, valora cada noticia y le da su importancia real, editoriales y columnas pueden ser para criticar lo malo y elogiar lo bueno con términos aceptables que no sirvan solo para denigrar o descalificar y sobre todo que no esté atada a sus relaciones comerciales o políticas con personajes de dudosa reputación.
Debemos comenzar por establecer que todo medio de comunicación: auditivo, televisivo o escrito, es, fundamentalmente, una empresa comercial y por ello necesita de anunciantes, esencialmente, y lectores. Una cosa va unida a la otra y para lograr tener ambas no siempre se utilizan procedimientos ortodoxos o éticos.
En Guatemala todos saben que si se quiere obtener una «buena prensa televisiva», basta hablar con una persona que reside en Miami; si es en radio, basta con dirigirse a los «patriarcas» de cuatro familias y al señor de Miami; si se quiere en la prensa escrita pues no hay más que hablar con tres poderosos dueños de los principales medios. Eso no quiere decir que van a aceptar la oferta que se les haga, la pueden ignorar, mandar al carajo (por no decir otra cosa) o aceptarla, todo depende de su propia conciencia y honestidad.
Sin embargo, un político o un funcionario público, o más aún, un Presidente o un Vicepresidente pueden tener una buena o mala prensa que será una especie de tribunal de la Santa Inquisición para algunos casos y un benevolente juzgado corrupto nacional, en otros.
Ahora que tenemos nuevo Presidente y Vicepresidenta considero que al menos un 80 por ciento de las empresas periodísticas, incluyendo reporteros, editorialistas o columnistas tienen «buena prensa» para el general Pérez Molina y la señora Baldetti, no solo porque han proyectado una buena imagen sino porque empiezan su tarea y aún es muy temprano para hacer una evaluación lo más apegado a la realidad. Eso se verá después.
Los medios de comunicación social también manifiestan el otro lado de la moneda, al lanzarse con andanadas de ataques en contra de otros presidentes que han pasado en esta era democrática. Vinicio Cerezo, tuvo una prensa casi incondicional en su primer año, no solo por su simpatía y buena labia, sino porque las expectativas habían sido demasiado grandes. Esto cambió cuando tanto él como sus allegados y parientes (a quienes colocó estratégicamente: un hermano en Migración y su papá en el Registro de la Propiedad cuando allí se ganaban millones), empezaron a ser acusados por actos de corrupción, sin que se tomara acción alguna contra ellos, luego por sus innumerables viajes (que hoy se quedan chiquitos con los de sus predecesores), fuera de otros escándalos de la administración pública y personales del gobernante, lo que motivó que cuando entregó la banda presidencial a Jorge Serrano, fue abucheado por los miles de asistentes al Estadio Mateo Flores. La prensa ya le había dado la espalda.
Dos presidentes, Serrano y Arzú fueron también saturados de mala prensa por su carácter confrontativo, en algunas ocasiones abusivo y constantemente enfrentados a los medios. Ramiro de León Carpio tuvo una ventaja enorme y a la vez un defecto, se preocupaba demasiado de lo que la prensa decía y su relación con ella fue, al menos en una gran mayoría y con escasas excepciones, afable y cordial hasta el término de su mandato.
Portillo, enfrentado al sector económico que es el «factótum» de la supervivencia o muerte de un medio de comunicación, su lenguaje populista y el descubrimiento de actos de corrupción lo tuvieron casi desde el primer año de su mandato en la mira de al menos un 50% de los medios, hasta que ya al término del mismo, ese porcentaje había subido considerablemente. Berger fue anodino y superficial y pese a ser el mandatario, no tuvo, ni la cobertura, ni despertó el interés de los medios, ni siquiera por actos claros de corrupción como el de los famosos «tomates rojos» desde su época de alcalde y su total entrega al sector privado, del cual proviene, junto con su examigo, ílvaro Arzú.
Finalmente tenemos a Colom, quien al menos comenzó relativamente bien ante los ojos de los medios y poco a poco, cuando su exesposa y un grupo de financistas opacaron su autoridad y los principales puestos fueron ocupados por personas dispuestas al latrocinio, a la corrupción, y al robo descarado, perdió todo respaldo y creo que es el presidente que en estos 25 años ha salido peor parado.
Y es que, «lamentablemente», el cuarto poder, si es un poder que puede terminar con uno o crear héroes de cartón o de papel porque los lectores, oyentes o televidentes, creen, casi a ciegas, lo que dicen los medios de comunicación, incluso en los medios televisivos en donde surge su credibilidad porque presenta imágenes reales de los acontecimientos que ocurren, sin pensar, que el tiempo de cada noticia es corto y por lo tanto «EDITAN» su contenido presentando una media noticia, casi siempre con lo negativo, obviando lo positivo.
De todas maneras el nuevo presidente y la vicepresidenta, surgen con los mejores augurios y apoyo, pero, ojalá que esta coyuntura especial, sea aprovechada para que al terminar su mandato el porcentaje de popularidad que ahora gozan, se mantenga. Dependerá de ellos si lo logran. La buena prensa que a menos de ocho días de tomar posesión los acompaña pueden revertirla, ya sea porque ellos y sus compañeros de gobierno pueden transformar ese «status» o bien, los poderes económicos, en los que incluyo al narcotráfico, pueden inclinar la balanza de forma negativa. Hay que tener cuidado pues…
DOS NOTAS POSITIVAS. La primera y quizás la única del expresidente ílvaro Colom fue el haber cumplido con «bautizar» la ruta al Atlántico con el nombre del coronel Jacobo Arbenz Guzmán que junto con la hidroeléctrica Jurún Marinalá, fueron dos de las obras de su gobierno más importantes. Hay que rememorarlo siempre. La otra nota positiva es el discurso de toma de posesión de Otto Pérez Molina, el nuevo presidente y sus posteriores manifestaciones en apariciones públicas que empiezan a oler a cambios no solo de funcionarios, sino de valores. Solo me queda una duda, en la toma de posesión, ¿leyó su discurso?