Hace muchos años me atrajo el título del libro “La Psicología del Autoengaño†escrito por el Doctor en Filosofía Daniel Goleman, quien ha sido profesor de la Universidad de Harvard y escritor regular sobre ciencias del comportamiento humano para el New York Times, porque no es secreto para nadie que en nuestros tiempos se haya vuelto la premisa del autoengaño una práctica muy común para cualquier vendedor o político. En pocos días lo leí de principio a fin, con la avidez de querer entender el porqué tanta gente actúa, pretendiendo manipular a los demás, aseverando cosas que no son ciertas. Finalmente, comprendí que no es difícil averiguar que la causa común es que los abruma tanto su obsesión que llegan hasta creerse sus propias mentiras.
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Es así, como a pesar de que quienes le rodean le aseguren que es de día demostrándole que el Sol brilla en todo su esplendor, es tanta su obsesión que llegan a convencerse a sí mismos de lo contrario, hasta jurar a pie juntillas que es de noche. No importa pues si la opinión generalizada de la población le demuestra al ex presidente Colom que él y su gobierno defraudaron a la mayoría de sus electores que le impida seguir asegurando que un ocho sobre diez es la calificación que merece su gestión y no el ocho sobre cien que gritamos multitudinariamente.
Tampoco debe extrañarnos que la mayoría de fracasados ministros y encopetados funcionarios del peor gobierno que hemos tenido en nuestra historia hayan llegado hasta convocar conferencias de prensa o publicar recopilaciones a todo lujo, con la proliferación de datos estadísticos acomodados para autoproclamarse como maravillas del siglo veintiuno y llegar, hasta editar libros en donde solo se relatan argumentos convenientemente ajustados a sus particulares intereses. ¿Pero saben qué es lo peor? Que el autoengaño es altamente contagioso. Es mutante entre funcionarios y hasta entre organismos del Estado. De ahí que aparezcan otras calificaciones de nueve para arriba o aspiraciones expuestas al estilo MacArthur de volver, ya no como segundo de a bordo, sino como las de aquel excelso comandante triunfador a territorio filipino.
Por ello sigo creyendo e insistiendo en que algo bueno debiéramos sacar de tanto malo que nos ha sucedido, no debiéramos quedarnos solo en las quejas y lamentos, al contrario, debieran servirnos de escarmiento para que la población electora deje de ser manipulada para volver a caer una y mil veces en los mismos errores cometidos a través del tiempo. Pido que pongamos los pies sobre la tierra. Entendamos la causa y actuemos de ahora en adelante con rigor y decisión para no hacer más de lo mismo y así no seguir obteniendo los mismos resultados que están a la vista de todos: tremenda inseguridad, crisis y déficits de toda especie, presupuestarios, educativos, sociales, de salud e infraestructura, hasta la más repulsiva corrupción e impunidad.